Cuentos del desierto
REPASO, cual escolar abusado, el programa de fiestas del Cristo de Bembibre y veo que este año se han esmerado en la elaboración, sobre todo porque han incluido un Mercado intercultural, y esto le da como un toque exótico a la villa del Benevívere, que desde hace años se ha convertido en tierra acogedora de inmigrantes. Son muchos los caboverdianos y pakistaníes, amén de otros, que viven en la capital del Bierzo Alto. Bembibre se caracteriza por ser una villa multiétnica, y este mercado viene a confirmar que, en el fondo, a los bembibrenses les gusta el mestizaje, lo cual está muy bien. El mestizaje cultural es como la seña de identidad de las grandes ciudades, véase París o Londres, donde uno se puede encontrar con la cultura india o musulmana cual si viajara a la India o a cualquier país islámico. El mestizaje es lo que convierte a una ciudad en una gran ciudad. París o Londres no serían lo que son en la actualidad si no fueran ciudades mestizas. La pureza de razas y culturas es un invento pernicioso. No es menester aquí recordar lo que pretendiera Hitler, y aun otros muchos chalados. Como los nacionalistas de nuestra era globalizada que siguen creyendo en la singularidad de sus razas y culturas. Bembibre, con este mercado intercultural, vine a confirmar su afán de sociedad abierta al mundo. Me ha sorprendido sobremanera que en la programación figuren bailes orientales, africanos y cuentos del desierto en la jaima. De repente me he sentido trasladado a los cuentos de las mil y una noches, con Sherezade en la punta de la lengua, en medio de un harén, bajo un firmamento rotundo y luminoso, protector y sensual. Por instantes me he sentido en la ciudad rosa de Marrakech, en la plaza de Djemaa-el-Fna, donde los cuentistas y encantadores de serpientes logran hipnotizar al personal. Y también me ha ayudado a rememorar unos días maravillosos en una jaima en Tagounite, en el desierto marroquí. Es inevitable que uno no se entregue a la sensualidad porque la noche en el desierto es algo mágico. Y por supuesto me ha hecho rememorar esos encantadores cuentos del desierto que escribiera Paul Bowles. «Nadie que haya permanecido en el Sáhara durante algún tiempo sigue siendo la misma persona que cuando fue allí». Ojalá Bembibre se convirtiera a partir de ahora en un perpetuo mercado intercultural, donde siguiéramos disfrutando de las danzas tribales.