Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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FELICIDAD es una mujer de ochenta y pico años, que vive en Noceda del Bierzo, en el llamado «hondo lugar» del barrio de Vega, el barrio de nuestros sueños y ensueños. Felicidad es, además de madre de muchos hijos y nietos y algún biznieto, una mujer que apechugó duro para sacar adelante a una familia numerosa, como tantas otras mujeres, a las que deberíamos mimar con esmero. Felicidad vivió esos tiempos de postguerra incivil, miserable y atroz, cuando la estrechez era mucha en los pueblos del Bierzo Alto. Ahora Felicidad ha perdido la noción espacio-temporal a resultas de una puta demencia senil o un Alzheimer, cuyos efectos causan tantos estragos en la población. Sin embargo, ella en su mundo vive satisfecha. Un día de septiembre, mientras paseaba en "motorino" por el pueblo, me encontré con una de sus hijas, Fina. Debo decir que aquel día no había en el barrio ni un alma. Parecía un barrio fantasma. El pueblo de Noceda, como muchos otros del Bierzo Alto, se queda vacío y triste pasado el mes de agosto. La mayoría de los pueblos se están muriendo a pasos agigantados. Qué pena. Alguna gente, al menos, había ido de fiesta al Cristo de Bembibre. Fina estaba a la puerta de su casa. Al verla me paré a hablar con ella, entusiasmado de encontrar a alguien en el camino. Me habló de su madre Felicidad, que tras la puerta de casa daba la impresión de estar contenta. "Está feliz en su mundo", me dijo. Hablamos acerca de las religiones, y en concreto salieron a relucir los testigos de Jehová, esos fenómenos del artificio, que se creen espíritus reencarnados. Esos seres que suelen dar la brasa a la gente con sus discursos incongruentes y a veces malévolos. "Si hubiera un Dios no permitiría que ocurrieran estas cosas, como lo que le ocurre a mi madre", añadió Fina malhumorada. Si hubiera un dios, diosa o múltiples divinidades, amiga Fina, no permitiría que una mujer como tu madre, que nunca ha hecho daño a nadie y ha vivido por y para sus hijos, estuviera ahora así, en este estado. Tampoco permitiría los desastres que se cometen a diario en el mundo. Cuando te paras a reflexionar acerca de lo infame que puede llegar a ser la vida, te entran ganas de llorar. Como el día en que encontraste a Fina, a la puerta de su casa, y a su madre, tras la puerta meciendo a una muñeca cual si fuera su hijita, se te estremeció el alma, tu alma mortal y rosa, porque aunque no seas creyente ni religioso, tú también tienes alma. En el fondo, la vida no es más que una sin razón y un sin Dios.

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