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JOSÉ ÁLVAREZ DE PAZ
León

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AHORA QUE el Bierzo se viste de rojo y oro, sería el momento de celebrar el otoño, como un gato panza arriba, si nos dejaran. No es cierto que después de la Encina el invierno encima. Nos queda el otoño con olor a manzanas, a pimientos asados, a mosto y a magosto. Y las jornadas gastronómicas. Pero la concejala de medio ambiente dice que la contaminación ciudadana es culpa de los conductores que abusan del volante. La respuesta es incorrecta. La peor fuente de contaminación en Ponferrada, la acústica, es la concejalía de medio ambiente con sus medios desfasados, ya sean succionantes o desbrozantes, cortacésped, igualadoras de seto vivo o motos barredoras, no sometidas a horario ni a homologaciones y directivas comunitarias. Aquí tenemos mucho espacio verde, más de trece mil hectáreas de superficie forestal, otras tantas de monte y siete mil hectáreas de praderas, además de los once mil árboles que mandó plantar Celso en las calles y los nuevos espacios verdes que se han ido añadiendo a los parques públicos que ya teníamos. Y tendríamos más si el bosque de la Llanada no hubiera sido talado para dar paso al Polígono del mismo nombre, a pocos minutos del centro de la cuidad. Ponferrada es una ciudad más verde y más limpia, pero a un precio muy alto: es más ruidosa también, una pena, porque sería más habitable ahorrando dinero y gasolina, además. El mismo ruido que de madrugada dispersa a las palomas y agrupa a los estorninos, que utilizan, estos últimos, la cohesión como arma defensiva a su vez, desvela a muchos vecinos. Máquinas piafantes que trasladan hojas secas, sin miramientos, al modo de Guantánamo, entre acelerones y olor a cuerno quemado, olvidando que los vegetales son capaces de percibir estímulos como los golpes violentos o los cambios de atracción de la gravedad. Esos sufridos operarios que, vivaqueando, al alba, al alba, no pararán hasta encontrar la última hoja del otoño en el corazón de las alcantarillas, cualquier día se van a topar con una marcha verde, la naturaleza no perdona, pues en nada se parecen a aquellos piadosos y silentes que cantó el poeta Rafael Morales, «barrenderos matinales, hijos del rocío y de la pana¿» Aquí nos tocará seguir sufriendo la máquina armada y municipalizada. Una legión e verde fosforito/, polvo, sudor, deflagración y viento/, trasladarán las hojas descarriadas/, por cuenta y orden del Ayuntamiento. Es lo que hay. Después de la Encina, el otoño encima.

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