Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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NO SÉ SI Di Stéfano estuvo alguna vez en el Bierzo. Tal vez de visita no, pero seguro que pasó muchas veces por aquí, de viaje. En los trenes nocturnos que iban de Madrid a Galicia, camino de los estadios de Balaídos y de Riazor, donde tantas veces jugó, con su número 9 a la espalda. Don Alfredo quizá no pisó nunca las calles de Ponferrada, pero un montón de niños de la ciudad, hoy ya gente mayor, le podríamos asegurar al futbolista argentino que él estuvo aquí muchas veces. En todos los hogares donde había un niño que coleccionaba cromos de futbolistas. Y allí, en el álbum, el rey era Di Stéfano. Y lo sigue siendo. Por mi parte, es el único jugador que aún es capaz de movilizar fibras muy sensibles de mi memoria. Como si supiera manejar la pelota del tiempo con una gracia particular. Me lleva a lugares donde soy feliz, donde hace sol y donde los días son del juego y de la épica. Di Stéfano fue el principal ídolo de mi infancia. Ninguno como él. Di Stéfano en las casas de Ponferrada, en los cuartos de los niños, de los adolescentes incluso. Mirar aquella cabeza entre calva y rubia, redonda, que yo decidí que se parecía a la de mi padre, aunque no se parecieran tanto. En la televisión en blanco y negro: aquel enorme trabajador de los estadios. Incansable, duro, jugador todo terreno. Y gran goleador. Entonces el fútbol era fácilmente mítico, y los partidos Deportiva-Cultural tenían una carga de tensión hoy inimaginable. Yo creo incluso que había algunos bercianos dispuestos a morir a cambio de un domingo en el que jugaran en Santa Marta la Deportiva y la Cultural y luego, por la televisión, a la noche, el Real Madrid de Di Stéfano y el Barça de Kubala. ¿Qué mejor momento para irse de este mundo, camino de la fabulosa liga de fútbol del paraíso, en la que siempre nos estaría reservado el puesto de delantero centro? Pero ahora, y para seguir en la tierra, lo que tanto deseamos, lucha Di Stéfano a quinientos metros de mi casa, en el hospital de La Fe de Valencia. Di Stéfano en la misma UCI donde murió mi padre, también por estas fechas, pronto hará cuatro años. Y al fondo, de nuevo, los niños de Ponferrada, las colecciones de cromos, la "saeta rubia". Di Stéfano sin perder la ironía, eso nunca. Pero ahora Di Stéfano recoge un balón en el centro del campo, dribla al medio derecho del equipo rival, se escora hacia la banda, le gana la carrera al lateral derecho, le pasa el balón por entre las piernas al defensa de cierre, toca la pelota, chuta a puerta... y ¡gol! Gracias, maestro.

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