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RAQUEL PALACIO VILA
León

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SOY VECINA del Museo de la Radio, o el Museo de la Radio es mi vecino. Pero nunca lo he visto por dentro. Sólo conozco esa Casa de los Escudos desde siempre por fuera, con su árbol centenario colgado del balcón, trepado al muro de piedra y empezando a flaquear. Le han puesto hace poco una escuadra de hierro para que no se le parta su rama más gorda. Un bastón para que un viejo jacarandá (que así se llama esta especie ornamental procedente de Argentina) pueda continuar su estático camino. Y tienen, esta casa y este árbol, y yo, otro vecino adosado, colgado, pendiendo de la fachada, en formato de paño informativo, estandarte con foto impresa de quien representa y avala el contenido y el sentido y la idea de lo que el insigne edificio guarda. A falta de una, hay otra imagen en la pared contraria. Vivan la idolatría y su prima que empieza por ego. Quién sabe si alguna vez alcanzó a soñarlo, pero la cosa huele a fetichismo coleccionista de un radiohablante que hizo camino al andar. Y llegado a cierto punto lejano de humildes comienzos, encontrose gran sorpresa posible y permitida, con agasajos de los pueblerinos del pueblo, que le agradece hacer famoso el botillo, que le agradece el amor melancólico y afectado que pregona sentir desde su asiento influyente frente a micrófono difusor, no de oro ni de plata, ni del bronce que le retrata en un tercer retrato, esta vez tridimensional, que, visto desde el paseo marítimo de Pérez Colino (me importa un comino), da la sensación de estar atrapado en su base de granito con los pies hundidos en la tierra. Favor, con favor se paga, y en este intercambio personaje insigne-ilustrísimo ayuntamiento-viceversa y viceversa, a fuerza de amor al pueblo y esplendideces sobradas, se inventa, se teje, se levanta, se organiza la gala pomposa y miserable que trae famoseo y se lleva horas trabajadas sin asegurar, a seis-nueve euros la hora, de currantes en busca de curro. Ejemplo de reparto de la mejor tajada. Cena con sobras para cenar tres veces más. Y opino yo, que dónde están los ideales de mundos mejores que soñó alguna vez este señor con asiento influyente frente a micrófono difusor. Supongo que en la inflada lista de posibilidades tragadas por la nube cómoda y embriagadora que otorgan el poder y la fama, el desvío hacia el interés personal de quienes duermen tranquilos porque trabajan para el pueblo y se calzan cada mañana un par de zapatos de la mejor piel. Y a trabajar, que es duro y reconforta.

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