Publicado por
RAQUEL PALACIO VILA
León

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SIGO en este verano mallorquín en el que ya empieza a quemar el sol y a calentarse la noche. He encontrado un bar con Internet y camarero amable que me cuenta, palabras textuales, que esto es un «círculo de círculos», que dependiendo de la parte que visites de la isla te llevas una u otra impresión. Dice que él lleva aquí veinticinco años y que conoce a unas doscientas personas. Que acabas moviéndote en un círculo cerrado e intransferible a los otros círculos, los cuales suman, en este puntito del mapa llamado Ca¿n Picafort, unas dos mil personas residentes. Al hotel donde sigo trabajándome el verano, hasta ahora lleno de germanos y algún que otro inglés, acaba de llegar un grupo de ciento cincuenta españoles y portugueses. Los veo en el comedor al desayuno y a la cena, a algunos les acabas cogiendo cierto cariño, te miran con complicidad o te sueltan una cordial parrafada en un alemán del que intentas deducir algo, pero, en mi caso, en vano. Y descubro que, contrariamente a lo que creía, no todos saben inglés. Ves cómo paulatinamente se conocen entre ellos y hacen amistad. No todos, hay quien viene sólo y se marcha sólo. Vaya uno a saber la historia de cado uno de cientos que ya he visto y más que veré. Niños que disfrutan con las fantasías del buffet, adultos que disfrutan como niños con las fantasías del buffet, y los camareros, al menos en mi particular y personal caso, pasamos al lado de suculentas presentaciones y apetitosos manjares que no podemos comer. Cuando llega nuestra hora de la cena todo ha perdido su suculencia, y aunque sigue estando bueno, no deja ser una pequeña rabia el hacer de tripas corazón y no echar mano de una de esas rodajas jugosas de piña natural, helado con sirope de caramelo, pescadito a la plancha con salsas variadas que siempre se tiran o se terminan antes de nuestra cena. Lasañas y canelones humeantes en bechamel, sopas y cremas de verduras que corren la misma suerte si no estas alerta y persigues a los bufeteros camino de la basura. Absurdo pero cierto. Pero no hay tiempo, no hay costumbre, no se hace así. Lo que quiere el personal es salir de trabajar. Y así pasan por delante de nosotros, los camareros, todos estos platos llenos o semillenos mientras nosotros pasamos trapos empapados en alcohol de limpieza por cientos de platos recién vaciados y limpios que volverán a salir al comedor para volver a ser usados, vaciados, limpiados y repasados por nosotros. Y así somos doce en la cocina, día tras día, comiendo al lado del estrés y del absurdo de un paraíso de vacaciones.

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