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ALEJANDRO J. GARCÍA NISTAL
León

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AL PRINCIPIO eran despistes, pérdida de memoria ocasionales, después llegaron las manías, las repeticiones en actos y en la conversación, el abandono de tus tareas cotidianas, de la casa y hasta de su aspecto exterior, su higiene personal y su ropa. Tras varios años de reclutamiento masivo de asistentas, cuidadoras y demás, la casa familiar se había convertido en la casa de «tócame Roque», con tanto trajín de empleadas a tiempo parcial. Mamá estaba paradójicamente sóla y, en el fondo, atendida de forma irregular con gente tan distinta circulando por su hogar. Nadie lo quería, pero al final, los más osados, la ingresaron en una residencia especializada. Fue todo un trauma para nuestras trabajadas conciencias. Cada visita allí, un mal trago. Pero con el paso del tiempo comprobamos que era la mejor opción. Limpia, atendida médicamente las 24 horas, con actividades específicas para su enfermedad y con un control que, ni costando más, tenía ya en su propio hogar. El otro día no me conoció. Su mente se ha sumergido ya en otro mundo que no es este. Dios sabe dónde está ya. Su cuerpo sigue aquí, entre nosotros, pero su cabeza ya no. A veces, en las visitas, tiene ratos de cierta lucidez, de alegría si cabe, pero al final resulta siempre un espejismo para nuestros ansiados ojos. Tengo una vecina que asumió desde el primer día cuidar a su madre en casa. El mismo proceso. Quizás éste más acelerado. La señora ni habla tan siquiera. Incluso ya está en silla de ruedas. Observo a mi vecina, una mujer de mediana edad que, con su madre, ha envejecido un poco también. Y la maldita silla que no entra en el ascensor, que hay que subirla en los peldados del portal, del super, de la acera... No sé qué forma de afrontar el maldito alzhéimer es la correcta. En ambas el amor es la premisa principal. Leo en el Diario que el alcalde puso la primera piedra de un Centro especializado en cuidar a personas con este mal del siglo XXI. ¡Cuánto hay por hacer! Nuestra clase política, los dirigentes sanitarios, las universidades, tienen en este mal un reto más que añadir a su agenda. Por arriba hacen falta fondos para investigación médica, para centros especializados que alivien a los pacientes y a las familias de tan desesperante trauma; y por abajo, no se preocupen, que por abajo, como siempre, los ciudadanos de a pie ya tendemos la mano a nuestros familiares para que tengan una mejor vida: reformas en casas, atención personal y mucho, mucho amor.

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