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ALEJANDRO J. GARCÍA NISTAL
León

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PEQUEÑO constructor berciano saltó a gran promotor de viviendas madrileño; el otro dejó la abogacía por un despacho menos ilustre pero con más lustre en su inmobiliaria; incluso los hay quienes dejaron la hostelería para reconvertir sus empresas hacia el ladrillo. Y es que el ladrillo, desde hace dos décadas, todo lo que toca lo convierte en oro. Ya no hay hijo de vecino que no sueñe con especular con su pisito o con aquella finca del abuelo en el pueblo. Todos se creen ya capaces de dar el pelotazo al estilo malayo, por aquello de Marbella, ya saben... Pues esto no acaba aquí. existe una empresa estadounidense, la Lunar Embassy, fundada en 1980 por un espabilado empresario llamado Dennis Hope, quien se habría apropiado el derecho de vender la superficie de la Luna. Lo hace por el módico precio de 20 dólares el acre, esto es, unos 4.047 metros cuadrados. En 26 años de negocio han comprado terrenos unos tres millones de personas de 180 naciones distintas. En algunos países, la actividad de la Lunar Embassy ha sido prohibida por fraudulenta, pero ahí sigue Dennis, engrosando su cuenta corriente y abriendo delegaciones por todo el orbe. En el Bierzo, Domingo «el de los carros», uno de nuestros personajes de este rico paisanaje, lleva más años que el magnate yanqui extendiendo certificados manuscritos de propiedad lunática, y sin cobrar un duro a nadie, conste. Ante todo esto, uno humildemente se pregunta si no va siendo hora de redactar también un Plan General de Ordenación Urbana, ahora que está de moda, para el satélite terrestre por antonomasia. No sea que detrás de los primeros propietarios vengan los constructores, los promotores, las inmobiliarias, los bancos y sus hipotecas, o los políticos y sus recalificaciones de suelo. Además, si aquí, en la triste Tierra, los ladrilleros más poderosos regionales andan a la gresca pringándonos a todos con sus luchas cainíticas, ¿qué tipo de guerra sería la que desencadenasen a nivel espacial? No me lo quiero ni imaginar. Cohetes espaciales con reportajes subversivos arrojados desde el aire, autopublicidad disfrazada de noticias, pancartas con bandos publicitarios al estilo Far West o equipos de fútbol donde lo que importa es sacar al esponsor y no el resultado del partido. Y en medio de todo este guirigay, nosotros, los plumillas de tres al cuarto, sufrimos el cáncer de los mercaderes de la pluma sin firma, porque, eso sí, hay que mantener el sillón en la redacción. ¡Viva la libertad de expresión!

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