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JOSÉ ÁLVAREZ DE PAZ
León

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POR SI algún rezagado no ha leído « El Señor de Bembibre», Diario de León nos ha ofrecido a todos el pasado fin de semana un ejemplar de la novela que nuestra madre nos leía en las cálidas noches de la niñez, cuando el aliento helado de Gistredo llamaba a las puertas. De la sierra de Gistredo hablaba aquel libro donde un desterrado recordaba en tierras lejanas sus andanzas por la cordillera sagrada persiguiendo corzos, osos y jabalíes. El poeta villafranquino pensaba también en Noceda precisamente y no en tantos otros lugares para soñar y ensoñar como abundan en el Bierzo, mas no era del todo inocente su añoranza. Recuerdo a la tía Dolores la Balada, mujer generosa que siempre tenía a mano algunas nueces para dar, persona de memoria prodigiosa que nos dejaba boquiabiertos con sus largas sesiones de historia viva que siempre acababan bien. Aseguraba ella que el poeta de Villafranca del Bierzo, de nombre Enrique, tuvo una ama de leche vecina de Noceda, del barrio de Río que mucho quería a aquel niño frágil, sensible y de ojos azules, que no es extraño, razonaba entonces ella, que acabara siendo poeta. Dijo que le quería tanto como podría quererle su propia madre, un amor que él conocía y compartía, pues cuando aquel niño creció no dejaba de visitar a su madre de leche en la casa de Río, acurrucada en las faldas de Gistredo, aunque lo que más le gustaba era perderse por los bosques de robles y abedules entre peña Palombar y la Silva, que tal parece que de ellos hablaba cuando escribió «vagando por la orilla de los precipicios en los valles más escondidos y en las cimas más enriscadas, para ver salir la luna y amortiguarse con el alba las estrellas¿.» No era sólo don Alvaro quien soñaba en Tordehumos, también el poeta tenía sus motivos y no eran sólo efluvios de su alma romántica aquellos recuerdos, pues la tía Dolores sabía de buena tinta, mejor dicho de tradición oral fiable, teniendo ella memoria de elefante, que la madre de leche del poeta diplomático ejerciente en Berlín, le enviaba botillos de su propia cosecha, envueltos en dos vejigas, la interior recubierta de manteca, la exterior cosida con hilo de fabricación propia, para que llegaran bien hasta la lejana Alemania. Como digo, la tía Dolores era persona bien informada, por lo que nunca dudé yo de la verdad de sus relatos, incluso los más inverosímiles. Sigo con aquella misma fe.

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