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JOSÉ A. ÁLVAREZ FIERRO
León

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CADA día que pasa tengo más claro que el 11-M y el 14-M de 2004 marcaron en España una nueva forma de hacer política y periodismo, o más bien podríamos decir de no hacer política y periodismo, pues desde el acusado atrincheramiento al que ambas profesiones -considerando a la política como tal en su acepción más positiva- se han visto sometidas desde entonces, uno ya no sabe si lo que predomina es el desgobierno y la desinformación. Y encima, lo más triste, es que si tratas de ir por el camino del medio, no te comes nada, pues aquí a todo 'quisqui', al menos eso es lo que promueven algunos, hay que darle su «chute» de adrenalina en forma de arenga política a través de los medios de comunicación. Ello no debería suponer en cualquier caso problema alguno, pues para tal pretensión existen espacios apropiados en los distintos soportes mediáticos; claro que, la cosa cambia y los conflictos y colisiones afloran cuando la opinión no sólo pasa a ser un elemento de los contenidos que deberían ser meramente informativos, sino que se convierte en ingrediente mayoritario de una coctelera que anula el sabor de lo objetivo, exaltando el de una contestable subjetividad. Sí es normal que, sobre hechos objetivos y contrastados, cada medio exprese opiniones diferentes, coincidentes y/o contrapuestas a através de sus editoriales y demás recursos para ello apropiados. Lo que ya no es tan o algo normal es que, sobre hechos que teóricamente deberían ser objetivos y contrastados¿ pues aquí blanco y allí negro, y encima todo ello aderezado con una sobredosis de sesgo que acabaría por desconcertar hasta al más inmune a la politización de la información. Si uno repasa el periodismo moderno a lo largo de su historia puede comprobar como se da la alternancia de ciclos con mayor o menor presencia del llamado amarillismo informativo, y no cabe duda de que vivimos inmersos en una etapa donde está gozando de un exagerado y preocupante protagonismo. Menudo panorama. Tenemos por un lado un amarillismo que nos aleja de los problemas reales y por otro un abuso en la práctica periodística que, como nunca antes en nuestra democracia se había palpado, lleva a prostituir la información en favor de una opinión sesgada, que alimenta las pulsiones internas de la militancia, pero descuida y trata de adoctrinar a la ciudadanía. Y eso que la Constitución reconoce y protege el derecho «a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión»...

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