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JOSÉ ÁLVAREZ DE PAZ
León

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EL VIERNES pasado volví a Peña Ubiña, después de muchos años. «No es necesario ser un atleta, lo importante es no faltarle al respeto a la montaña», decía mientras plantábamos la tienda al pie de la gran roca, abajo el rumor del Torrestío, por los vericuetos de los picos de Europa, desde Somiedo a Oseja. Era el mejor montañero porque tenía las virtudes de quien aspira a lo más alto: el perfeccionismo, la humildad, aprender a caminar en silencio y saber estar solo. Vodafone sin cobertura en Babia y Teresina sin poder contactar conmigo en una jornada que no dejé de contar anécdotas suyas, sin saber que ya no estaba entre nosotros. Nunca hubiera faltado yo a esa despedida en León. José María Suárez González era por encima de todo un liberal, nombre propio en la transición a la democracia en nuestra provincia. En el Boletín Oficial de las Cortes constan nuestras discrepancias, él con su León solo, yo con mi León con Castilla a cuestas, mas cuantos nos conocen saben de nuestra cercanía y amistad. En la segunda legislatura encabezó él la candidatura por Alianza Popular, responsabilidad que el PSOE me encomendó por primera vez. Vino entonces a León Landelino Lavilla y dijo que había que centrarse para evitar el peligro de las dos Españas, a lo que respondió, con su habitual agudeza, Fernando Suárez: «si el peligro de las dos Españas se personifica aquí en esos dos candidatos, que venga Dios y lo vea». Cómo se echan de menos personas convivenciales y elegantes como él en tiempos de crispadores de oficio y beneficio, políticos, tertulianos y columnistas que saben más que jueces, fiscales, forenses, la CIA, la policía y la ciudadanía agobiada, lo digo pensando especialmente en la juventud que va a acabar sobresaturada y abstemia, ese sería el más triste panorama posible. A propósito de esto, muchos elogios se han escrito de él en estos días, todos merecidos. Destacaría yo, sin embargo, su extraordinario sentido del humor, ese rasgo que nos define y diferencia a los humanos. Pocas veces disfruté tanto como en un viaje de regreso de un juicio en la Audiencia de Valladolid con dos compañeros abogados que, entre otras, poseen esa envidiable virtud: Juan Rodríguez Lozano y el propio José María, a quien veo y recuerdo al volante de su coche esbozando una pícara sonrisa: «desengáñate, Juan, en España seguimos jodiendo los de siempre».

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