Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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ANDRÉS era lúcido y solitario. Afectuoso y profundo. Hijo de industriales de Torre, se hizo muchacho cuando todo el mundo que iba al Noroeste pasaba por delante de su casa. En el tren o por la carretera. Lo mismo pasaba Valle-Inclán que García Lorca; Manuel Azaña que Franco; Manolete que el Barcelona Club de Fútbol. Entonces Andrés ya sabía que su lugar en el mundo era el arte. Y el sueño. Y la libertad. Y siempre amó eso de Torre: que era un cauce. Aquel hombre esbelto y misterioso se instaló en Ponferrada hacia 1960. Y aquí hizo su obra, aunque viajaba mucho a Madrid. Cuadros suyos están en el Centro de Arte Reina Sofía y en otros museos. Aquí, también, escribió algunos libros. Breves e intensos. Yo iba a verle, hablábamos horas y horas. Y siempre me decía lo mismo: «arriésgate. Sin riesgo, no hay nada. Ni en el arte ni en la vida». Y me lo decía Andrés en 1973, cuando le conocí, y me lo decía hace unos meses: sin riesgo, no hay nada. Tan solo artesanía; o esa rueda de codazos por estar en el vacilante candelero. Andrés Viloria: Ponferrada no te entendió bien. El Bierzo yo creo que mejor. Ese Bierzo imaginario de González-Alegre, de Amalio Fernández, de Beberide, del pobre Ursinos. De toda esa generación magnífica de bercianos, tú eras el más tierno. Y tan joven, siempre. Andrés Viloria, tu patria era la tierra toda. Tu lenguaje, el más universal de los artistas de este valle. Tu camino, el más libre; el más meditado. Tu vida, un ejemplo de belleza, de rigor y de luz. Por eso te vamos a querer siempre.

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