Tiempo para el amor
A LA hora de escribirles esta columna el personal anda de cabeza. Unos por el mal tiempo que hace, más propio de la vecina Galicia atlántica, que del microclima berciano, antesala de la meseta castellana. Otros por lo mucho que hacer con tanto cambio de prohombres y sus huestes en las principales instituciones. No olvidemos que este verano es verano de inicio de legislatura, de colocación y de despidos, de ambiciones y llantos según vaya la feria. Pero también es el verano en que Las Edades se celebran en Ponferrada, aunque de eso aún hablaremos en otoño cuando se clausuren. Y qué decir del verano del primer amor adolescente, puro y genuíno donde los haya. O del amor de verano, aquí, allá y acullá; en Ibiza, en el pueblín o en Cullera. Recuerdo mi verano madrileño, toda una administración autonómica al ralentí, decenas de oficinas, mesas y ordenadores en silencio; calor abrasador y tan sólo media docena de asesores y cargos «de confianza» (temporeros esclavos de las urnas) tirando de un mastodóntico carro capitalino. Pero yo prefiero sumergirme en el amor por venir, el último, el definitivo. En el que los amantes aplican su sabiduría para no fallar esta vez en la aventura de la vida. Preparar el marco donde desarrollar la trama de los últimos años de esta travesía vital. Donde el pronombre yo pasa a ser sustituido por nosotros, donde el hombre se libera de sus ataduras cotidianas y convencionalismos absurdos, donde la riqueza es dar, la tranquilidad el ambiente festivo, la palabra se vuelve limpia y serena sin estridencias ni dobles intenciones ocultas, donde los hombres se vuelven niños y todo el horizonte se abre ante nosotros. Quizás en tierras más cálidas, ¿por qué no en una isla mediterránea, por ejemplo? Soñar no cuesta, pues soñemos. Si algún día los míos me quieren buscar será allí, al lado del mar o subido en la cima de una montaña. Suena el teléfono y una voz familiar recuerda a miles de españoles que hay que terminar pronto las últimas tareas porque comienzan las vacaciones. Y las suegras, en su papel, como las radios no paran de hablar y mandar, la hija mayor que vive su juvenil egoísmo egocéntrico creyendo que ya lo sabe todo, el pequeño despuntando personalidad y antojándosele todo. Las parejas que discuten por el lugar escogido y su dudosa calidad y alto precio. El que madruga contra el que duerme, el que se baña contra el que quiere moverse y verlo todo. El verano al fin.