Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

Creado:

Actualizado:

EN LAS CIUDADES grandes las fiestas se diluyen, van perdiendo un poco su fuerza. Aunque es cierto que en otras urbes eso no sucede: Valencia, Pamplona, Vitoria... Pero son las menos, y Ponferrada no pertenece a ese grupo. La ciudad ha crecido mucho, se ha expandido por sus llanuras del norte y del oeste, se ha vestido con parques y centros comerciales, y ahora tiene un aspecto de burgo moderno, aseado e intercambiable. Una ciudad donde el pintoresquismo lúdico de antaño ha desaparecido, sin duda para bien de todos; y donde se ha reducido mucho el papel protagonista de los bercianos no ponferradinos que se acercaban antaño a la ciudad dispuestos a disfrutar de los fuegos artificiales y de las atracciones de la feria. Esos bercianos ya no se acercan, entre otras razones porque viven en Ponferrada, o trabajan aquí, o viven un poco híbridamente, en el gran hinterland que va de Bembibre a Villafranca y que es donde tiene su morada el ochenta por ciento de los bercianos. La fiesta se ha convertido en otra cosa: en un gran auditorio. Ahora domina lo mediático; lo que sucede aquí y sucede, al día siguiente, en Reus o en Jerez de la Frontera: esos conciertos, esos ritos igualatorios y populares. Como si toda la fiesta fuera una inmensa franquicia. Ahora bien, queda una entraña de la fiesta, donde pervive, en plenitud, ese sentido de lo excepcional. Vinculado, sin duda, al propio origen de la celebración. Me refiero a la procesión cívico-religiosa de la patrona y de todos los alcaldes de la comarca. Y es bien cierto que cuando el Bierzo no existía como entidad jurídica, ya había ese pequeño detalle reivindicativo o testimonial; el del grupo de los alcaldes con sus bastones, detrás de la imagen de Santa María. Alcaldes que me parecía entonces, siendo yo niño, que venían de muy lejos. La Encina es la fiesta del Bierzo. Fiesta cívica y también política. Momento para que los bercianos reflexionemos sobre nuestra tierra, sobre lo que podemos hacer por ella. O, sencillamente, para agradecerle a este valle y a esta ciudad, tanto como nos ha dado. Nos ha dado el idioma, la luz, la lluvia, la noche, el viento¿ Los árboles y las piedras; y el infinito reino de los rostros de las personas que amamos, que nos amaron, que conocimos, que nos hablaron¿ Ese tesoro que cada uno lleva dentro. Trenzado en la memoria. Siempre que llegan estos días primeros de septiembre, siento ese vínculo, ese misterio. Que también es una verdad. Y vivo las fiestas en una feliz y secreta conexión con la urbe. Aunque esté muy lejos.

Cargando contenidos...