SILLA BAJA
El gato y el obispo
INTENTABA don Manolín analizar algún epigrama escatológico de Catulo, cuando subía de tono el guirigay que entraba por los altos ventanales de piedra de la sillería, abiertos al jardín vecino. Era entonces cuando, en perfecto latín ¿licet?, sugeríamos los más atrevidos o consentidos la conveniencia de cerrar las ventanas, siempre que al profesor le molestaran los pavos. El se quitaba las gafas con solemnidad, alentaba dos veces contra los cristales, les aplicaba el impoluto pañuelo blanco y se desahogaba a fondo, protestando su respeto por los animales siendo de quien eran, aunque, concluía, tenemos un pequeño problema: que no nos dejan hacer la clase. Llovía pues sobre mojado cuando un grupo de teólogos saltó el muro, hicieron una escabechina sobre las gallináceas, luego una merendola y no contentos con aquella fechoría, le enviaron algunos huesos al obispo con la oportuna cita textual, del Antiguo Testamento por supuesto: «Adivina por los huesos». Oficialmente nunca se supo la identidad de aquellos justicieros, admirados por toda la comunidad, porque en aquel tiempo casi nadie andaba con miramientos en cuanto a animales y forasteros. Precisamente en clase de declamación era preceptivo memorizar aquellos versos tremendos: «Y cuando en hispana tierra/ pasos extraños se oyeron/ hasta las tumbas se abrieron/ gritando venganza y tierra». Andaba yo preocupado el último fin de semana por la suerte de aquel gato blanco que se espurre al sol junto al muro de piedra y a veces corretea bajo los kivis en el pazo parroquial de Santa Cristina de la Ramallosa, espacio que defiende con uñas y dientes contra las incursiones del gato Bruno de Cande. Sabiendo que el curra párroco y su hermana se trasladan a vivir a una residencia de Teis, pregunté a la buena mujer que cultivaba gladiolos para regalarnos, quién iba a cuidar ahora a aquel gato que ella mimaba tanto. Muy contenta me dijo que le acababa de comunicar oficialmente el señor obispo que el gato tenía también plaza en la residencia diocesana. No conozco al obispo de Tuy-Vigo, si traté a su antecesor don José, un santo varón. Con obispos así, da gusto. Por si algún día canonizan a este, pediré a mi amigo Manolo el Ferreiro que vive enfrente y está terminando una imagen de San Roque con un perro que sólo le falta hablar (un precioso regalo en piedra para Nolito, ex jugador del Celta), que vaya pensando una para el obispo amigo de los animales, con un gato grande y blanco a sus pies.