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MANUEL CUENYA
León

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ALGUNOS DE nuestros políticos nos dicen que España es la octava potencia mundial, lo que produce carcajadas, sobre todo si hablamos de nuestras vías férreas, inexistentes en muchas zonas y/o inservibles y deterioradas en otras, así como de nuestros trenes tortuga, que nunca llegan a la hora ni con un fusil al pecho. Y lo que resulta grotesco: te pueden meter en un compartimento de segunda, aunque en tu billete figure la primera clase, como me ocurriera hace unos meses en un viaje de Lleida a Ponferrada. Por cierto, la reclamación no ha servido de nada porque los renferos, o como se llamen ahora, ni siquiera se han dignado en dar respuesta. Mucho tiene que cambiar nuestro país, en cuanto a desarrollo ferroviario, para que podamos hablar de él como una potencia mundial. Si esto lo aplicamos al Bierzo, en vez de risa nos da migraña, y hasta nos hace saltar las lágrimas de pura tristeza. El chistoso y atrevido Tarsicio Carballo, al que nadie hace ni puto caso, para su desgracia y desconcierto de los bercianos, nos dice que a Ponferrada llegará el tren burra. Por otra parte, algunos políticos nos cuentan que para el 2011 llegará el AVE a la capital del Bierzo. Algún día llegará, suponemos, como casi todo en esta vida, pero cuando llegue, cebada al rabo, porque Francia nos habrá sacado muchos buenos trenes de adelanto, casi 40 de ventaja, no más, los que vivió nuestro país bajo el imperio dictatorial, lo que a estas alturas aún nos saca de las casillas. Conviene recordar que a principios de los ochenta comenzó a funcionar el primer TGV entre París y Lyon. «Cuando se atraviesan los Pirineos y se ingresa en España se tiene la impresión de que se llega a un pueblo de labriegos», escribe Ortega y Gasset en la España Invertebrada, que recomiendo a políticos y sociólogos. No es nuestra intención, al emplear esta cita, descalificar a los labriegos, cuyo trabajo nos merece todos el respeto, sino mostrar que aún tenemos la impresión de adentrarnos en un país atrasado, cuando viajamos desde Francia en TGV (nuestro futuro AVE homólogo) hasta la frontera de Irún (aunque éste sea el País Vasco). El panorama cambia. Y no digamos cuando cogemos el chá chá chá español hasta llegar a Ponferrada. «Este es el país de la nada», soltó una mujer en uno de los trayectos, cuando llegábamos a León, porque tenía que apearse en esta estación, y nadie se lo había anunciado por megafonía, como ocurre en los trenes franceses. «En nuestro país, estimada señora, no somos tan previsores y organizados como en Gabachilandia... pero es aquí donde debe bajarse».

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