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JOSÉ ÁLVAREZ DE PAZ
León

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ANTES DE nuestra vieja amistad, de la pluma de Chencho salieron elogios que me parecieron excesivos, valorando muy generosamente mi trabajo público en León. A veces puso en mi boca expresiones que sin ser mías resumían con precisión mi manera de pensar. Luego compartiríamos mesas donde lo mejor fue siempre la buena compañía. Algunas ruidosas y alegres como la de la Carballeda de A Lama, otras más familiares bajo las uvas con sabor a fresa de Baiona, otras más recogidas como la del hotel Oliden convocados ambos por Urbano Santos, otras desenfadadas como la del Pont Saint Martin en la Petite France, viendo pasar a través de una botella de Riesling los barcos cargados de turistas sumisos, átonos y atónitos tras los cristales. La última fue redonda el pasado verano con Juanjo y otros amigos en el Gaudí de Astorga, donde nos despedimos ante el muro de las emparedadas, sepultadas de por vida en tiempos de bárbara disciplina selectiva. Donde nunca estuve, y bien que lo siento, fue en aquellas tertulias de pescadores atípicos que amanecían enfilando los ríos de la montaña leonesa donde anidan las piedras prehistóricas y las truchas esquivas. Antes de iniciar la jornada propiamente dicha, alguien, quizá Pepe Quirós, sugería la posibilidad de sentarse a tomar algo y allí sobre la mesa-conversación inagotable les sorprendería la luna., las cañas sin desenfundar y la vuelta a casa. Como es natural, Chencho tuvo varios amores que yo resumiría en su amor, con conocimiento y dedicación, a todo lo leonés en el mejor sentido de la palabra; su devoción por lo bañezano, ese remanso de los tres ríos donde yo viví feliz con lo puesto; su amor por la Universidad que él soñaba europeísta, investigadora, ajena al patrimonialismo; su respeto por el periodismo libre para cuyo servicio construyó un balcón del pueblo siempre abierto y ungido de aliento poético y profético inseparable, pienso yo, de su talante heterodoxo. Cuando estuvo el balcón cerrado un tiempo, por divergencias con la empresa, muchos reclamamos su reapertura necesaria. Ahora eso ya no tiene remedio y es que llegado el momento en que uno dice voy a moverme un poco, voy a darme la vuelta, a ver si esto no es verdad y cede algo, este vacío en el costado izquierdo que nos avisa que cuando un amigo se va algo se muere en el alma. Ya te dije, Noelia, que tu padre tuvo siempre muchos amigos que le queremos.

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