De lobos y perros
YO NO SÉ nada de lobos o de perros salvajes como los que atacan rebaños en el Bierzo. Sólo he visto sus huellas en la nieve de la niñez, escondida tras la figura enorme del abuelo y su hacha. Sólo escuché su aullido lejano, hacia el castro, desde aquélla casina de adobe, donde nunca hubo agua corriente, pero donde vivían los que me amaban, los que me protegían. Más tarde, en otra casa ya con luz y el primer televisor, veía con fascinación «El hombre y la tierra», en el que Félix Rodríguez de la Fuente nos enseñaba como eran los lobos y nos reducía un miedo arcaico. El lobo, no era un devorador de hombres, sólo era un animal carnívoro. Así que quién se comió a Caperucita no fue un lobo feroz, sino nuestra sombra, nuestro miedo, proyectado en los lobos; la imaginación del hombre para contarnos como la astucia y el interés humano quieren comerse a veces la inocencia. Y me asustan más los lobos humanos que atacan a la yugular de los que les aman, no por instinto animal, sino por humana locura, y disfrazados de abuelitas, en el hogar, donde más seguros debiéramos estar, matan o violan a la hija, dejan ciega a la novia, queman a la mujer, destruyen a hachazos el rostro de los padres que les dieron la vida. Pero los lobos de verdad no hacen tanto daño, no se atacan entre ellos, y están casi extinguidos. Por eso hay una ley de Gestión y Conservación del lobo en España, y los ecologistas creen que es tarea de la Junta aplicarla, que debe hacer un censo para saber si son lobos o perros salvajes y cuántos, que debe informar y asesorar al sector ganadero, indemnizarles por daños, evitar las batidas tanto como la caza furtiva de lobos, que muchas veces son los cazadores los que rompen la cadena alimentaria llevándose las piezas que comería el lobo, y que algunos de ellos, al terminar la temporada cinegética, abandonan a unos perros que ya no les son útiles y que se volverán salvajes. No, no sé nada de perros salvajes, ni de los dueños más salvajes que los abandonan, pero sí de esos lobitos domésticos que llamamos perros y aúllan al sonido de las sirenas. Y entiendo que se les puede amar tanto como para olvidar la prudencia y lanzarse a las vías del tren, o al río Bernesga, para salvarles la vida, porque conozco la dulzura con la que lamen nuestras manos, porque quién enterró a su perro, compañero durante diecisiete años, bajo un castaño y un túmulo de piedras, y luego se llevó a casa a otro abandonado, entiende que a veces una de sus miradas nos llena de tanta luz como para volver a los rebaños de lobos humanos que se despedazan entre sí, y salir indemne.