Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE 44 AÑOS, cuando España ganó su primera Eurocopa, Ponferrada era una ciudad pequeña, gris, lluviosa y llena de ruidos. Una ciudad de médicos vencedores y de almacenistas de coloniales. De ferreteros. Y de profesores respetados, como debe ser y ahora lo es menos. Para mal de todos. Y luego aquellos ingenieros altivos que venían de la Térmica con sus cazadoras de cuero y sus antediluviano todoterrenos: Land Rover fabricados Linares, «levántate brava». Ponferrada brava y erguida, no sé si muy erecta, puede que también. Aunque el sexo era una tortura en los matrimonios de la clase media, según narraban años después. Tantos temores y vigilancias que los atormentaron, tantos párrocos abrumando a las mujeres mesocráticas cuyos maridos iban al Bosque a desahogar libertinajes. Cosa antigua y siniestra, sí. Aunque en las clases trabajadoras había más libertad sexual, menos miseria nacional-católica, pese a ser las víctimas principales de aquel régimen-basura. Mi madre me decía siempre: «Las mejores personas son los humildes; nunca lo olvides, hijo mío». Tenía razón, aunque todo esto hay que matizarlo andando los años. Pero sigo en aquella Ponferrada de curas ostentosos y falangistas con bigote, qué espanto. Y llover y llover, y la ciudad llena de tíos carnales, que siempre eran buenos, amables, sonreían al verte. Te gustaba eso. Ciudad de parientes y de miles de mujeres abrasadas por la fe y por maridos de mucha baraja. Pero otros hombres no eran así; eran diferentes y los recuerdo. Uno pintaba cuadros por el monte, era rubio, le llamaban Paco el Inglés. Otro era Ignacio Fidalgo, que iba también a descubrir ruinas, a hacer Bierzo de por libre, como debe ser. Ignacio Fidalgo, al que siempre agradeceré que me abrió las puertas de la letra impresa. Otro era un fotógrafo extraordinario: Amalio Fernández, que me recibió en su casa, por el barrio de San Antonio, y me enseñó negativos y un racimo de sonetos. Esas personas eran faros en la niebla de los borrachos y la minería, los pijos y las mujeres que iban a peinarse a León, algunas a Madrid. Ponferrada 64, felizmente lejos. Pero salió Marcelino con su gol de cabeza a la URSS, y ardió la urbe. Recuerdo los gritos en los bares, pocas casas tenían televisor. La gente iba feliz, más o menos como ahora. Debo confesar que el gol de Torres también me hizo muy feliz. Juntó dos años muy lejanos. Dos mundos casi contrarios. Solo la extraña emoción del fútbol es la misma. En aquel niño, en este señor mayor.

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