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León

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HACE un año que murió Ramón Carnicer. Su memoria y su obra se han ido adentrando en esa etapa de silencio que suele surgir tras la muerte de un escritor. Pero el Bierzo no le olvida. Todavía el pasado mes de abril el Instituto de Estudios Bercianos editó un libro nuevo y póstumo. Un texto breve y misceláneo titulado «Cajón de alfayate», ilustrado con fotos de la vida del autor. Carnicer escribió la obra más célebre de la prosa leonesa del siglo XX: «Donde las Hurdes se llaman Cabrera». Libro viajero, veraz y bellísimo, que provocó el más fecundo escándalo de las letras leonesas. La Cabrera, aún en 1962, era una comarca que vivía bajo la humillación y el olvido, ajena a cualquier labor institucional. Carnicer lo reveló.

Carnicer fue fiel a todas sus identidades, a su pasión literaria, a su vocación profesoral, a sus ideas republicanas y liberales; comprometido con sus semejantes. Su camino traza una ruta segura, inteligente y valiosa. Huérfano, logró ir a la Universidad contra todo pronóstico, y se hizo hombre culto y universalista. Berciano siempre, basó en su memoria juvenil leonesa varios de sus libros más intensos. Pero su horizonte era muy amplio. Gran conocedor de Cataluña, vecino durante casi setenta años de Barcelona, dominaba el catalán, y se comprometió con la vida cultural catalana y española durante décadas. Como prueban sus novedosos y extensos ensayos sobre dos barceloneses del siglo XIX Pablo Piferrer y Mariano Cubí.

Ramón Carnicer fue berciano pero nada localista; leonés que detestaba el leonesismo paleto y regresivo; castellano por amor al idioma y a la tierra más cercana a León, con la que compartimos nueve siglos de historia unida. Ramón fue un español que amó a su patria, como lo prueban sus libros sobre Extremadura, la Rioja o Castilla. Carnicer fue ciudadano del mundo, viajero incansable por los cinco continentes, profesor en Nueva York. Ramón fue un gran universitario, autor de muchos libros de filología; y, sobre todo, fue un hombre libre. Un hombre que jamás buscó el poder ni sus sectarias prebendas, que tanto benefician a algunos. Ramón vivió siempre como un ciudadano lúcido, cordial, enérgico y transparente. Dueño de un sentido del humor extraordinario, que era prueba de su inteligencia y de su compasión por el género humano.

Ramón está vivo en muchas personas, y lo seguirá estando. Porque su ejemplo es intemporal y emocionante. Es un camino de amor por la palabra, por la vida, por la memoria, por la libertad.

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