Nuevos tiempos
El resplandor | f. l. costero
Hace tiempo que las Humanidades han dejado de ser un lugar para la esperanza. Hace tiempo que nuestra existencia se viene tasando solamente en clave económica y mercantilista. Tal es así que, en las facultades, los profesores que imparten asignaturas de las denominadas -œde letras- se preguntan qué es lo que anima todavía a ese escaso puñado de alumnos que tienen delante a -œjugarse la vida- por unos estudios cuyo posterior provecho, desde el punto de vista laboral, es muy incierto.
La voracidad del capitalismo salvaje que se ha practicado en las últimas décadas -“sobre todo tras la desintegración del bloque soviético y la caída del muro de Berlín-“ ha proporcionado pingües beneficios a una selecta y escurridiza minoría, pero nos deja como legado la desesperación de la primera generación de jóvenes, después de la II Guerra Mundial, cuyas expectativas de desarrollo son inferiores a las de sus padres. Por primera vez, después de sesenta y cinco años, los hijos vivirán peor que sus padres.
Así y todo, no conviene ponerse trágico. Dios o el Estado proveerán, según las creencias de cada uno. Aunque cada día hay menos creyentes, tanto en uno como en el otro. Además, estamos en verano. ¡Ah, el verano! Con sus calores, sus vacaciones (para quien pueda disfrutarlas) y su profusión descontrolada de fiestas, mercados y comilonas medievales; con sus esotéricas templariadas, sus asambleas de druidas, no sé si recolectores de muérdago o de otras hierbas, y sus vestuarios de película de serie C o D. Pocos municipios quedan ya sin inventarse un sarao seudo histórico para entretener a los cuatro gatos que vienen a visitarnos por estas fechas. En El Bierzo, en vez de atraer a los turistas, parece que los ahuyentamos.
Sin embargo, hay que reconocer que estos festejos de nuevo cuño son los propios de nuestros tiempos neoconservadores, y que, poco a poco, acabarán sustituyendo a las rancias fiestas patronales, que, carentes de imaginación, continúan celebrándose siguiendo el mismo esquema de hace más de un siglo, basado en misa con procesión y bailes populares amenizados con orquestas que se zampan el presupuesto.
En realidad, estas fiestas laicas, o paganas, ocultan algo funesto: el miedo al futuro, al progreso, y la vuelta al pasado, a lo malo conocido, especialmente a la Edad Media, de la que se toman (e incluso se exaltan) sus aspectos más oscuros y deprimentes.