El Mariquelo corona un año más, desde 1755, la torre de la catedral de Salamanca

El Mariquelo, después de subir los 110 metros de la torre de la catedral

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Efe - SALAMANCA.

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El popular folclorista salmantino Angel Rufino, conocido como El Mariquelo, coronó ayer los 110 metros de altura de la torre de la Catedral de Salamanca, cumpliendo un año más una tradición de 1755 que recuerda los efectos en la ciudad del terremoto de Lisboa. Varios miles de personas se congregaron en la Plaza de Anaya y la Rúa Mayor de la capital charra para presenciar en directo el ascenso hasta la veleta del edificio catedralicio, que este año cumple su décimo sexta edición de la mano de Angel Rufino. A las 11,50 horas comenzaba El Mariquelo esta particular subida, única de sus características, que fue retransmitida en directo para a través de Internet. Durante su ascensión hizo cinco paradas en las distintas balaustradas de la torre, así como en la pequeña ventana del reloj, el segundo que se colocó en una catedral española después del de Córdoba, y en la campana grande, conocida como María de la O. Treinta minutos después de comenzar este ascenso, El Mariquelo coronaba la veleta de la torre de la catedral nueva de Salamanca vestido con el traje charro y botos camperos, que dificultan aún más la subida. Sobre la bola giratoria de la veleta, recordó a los soldados españoles en misiones de paz en Afganistán y la antigua Yugoslavia, a los voluntarios que trabajan en países subdesarrollados, a los enfermos, los marginados «y los ilegales que se juegan la vida al atravesar el Estrecho». La ascensión acabó con la suelta de una paloma como símbolo de paz para iniciar el descenso. La tradición de El Mariquelo data del 31 de octubre de 1755, cuando se hicieron sentir en la ciudad salmantina las consecuencias del terremoto de Lisboa. En el momento en el que comenzaron los temblores se celebraba una eucaristía en el templo y los fieles se resguardaron en su interior convencidos de que se trataba del fin del mundo. Por efecto del temblor, la campana mayor de la catedral, la María de la O, comenzó a tañer, sin que nadie la tocara, lo que provocó en ese momento la admiración de los presentes. Pasado el terremoto y al no haberse registrado víctimas, el Cabildo promulgó un edicto en el que se decía que la víspera de Los Santos una persona subiría a tocar la campana.

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