Un libro ironiza sobre papeles ridículos recreados por estrellas del cine

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Pilar Manzanares | Madrid
León

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Cuando John Wayne cambió las botas de cowboy para calzarse una sandalias romanas alguien debería haberle parado los pies, pero tratándose de recorrer una Jerusalén creada en Arizona era lógico. Al fin y al cabo, si el río Colorado iba a ser el Jordán que Wayne fuera un centurión podría ser más que verosímil en la mente de George Stevens, el director de La historia más grande jamás contada. La faldita corta le sienta a El Duque como a un Cristo dos pistolas. Pero el cine es así y los astros de Hollywood, a veces desorbitados, se dan esos caprichos un tanto guasones de los que habla Luis Miguel Carmona en su libro Estrellas estrelladas ¿Qué hace un actor como yo en una película como ésta?. Haciendo el indio «Mi esperpéntica presencia en esta película no fue más que una pobre decisión de casting», se dolía Marlon Brando en sus memorias, y no precisamente al hablar de ese papel en Candy sino del que interpretó para La casa de té de la luna de agosto. Cuando en su día se estrenó esta amable y burlesca comedia no todo el mundo le reconoció.

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