La presencia de Woody Allen, un lujo para el filme
En su querida —y tan presente en su cinematografía— ciudad de Nueva York, Woody Allen fue un habitual del Bleecker Street Cinema, una sala de cine en la que, además de proyectarse películas de autor de todo tipo, y mucho cine europeo, permanecieron olvidados durante cuatro décadas los frescos que Luis Quintanilla había elaborado para la Exposición Universal de 1939. Después de innumerables gestiones por parte del equipo de producción, el genial director accedió a charlar con ellos durante una media hora.
«Fue todo un lujo, algo inolvidable para mí y para todo el equipo», explica Jesús Calvo, quien recuerda la amabilidad y cercanía que demostró Allen en todo momento.
«Woody Allen recreó en su testimonio el ambiente de aquel cine y aquella calle del Village de Nueva York, un rincón de gran tradición en el mundo de la cultura, y también recordó aquellos cinco frescos aparcados en una esquina de aquel cine», expresa el productor. Y es que la sala aparece en algunas de las películas de Allen, particularmente en Delitos y faltas. Ironías del destino, estos vanguardistas cines neoyorquinos acabaron convertidos en sala de cine porno.