Los niños mágicos de José Lull vuelven a la sala Bernesga

El pintor recrea sueños combinando duendes, hadas y otros mitos.

Uno de los cuadros que forman parte de la exposición de Lull.

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marcelino cuevas | león
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José Lull es un enorme pintor valenciano que ilustra de vez en cuando las navidades leonesas con la alegría incontenible de sus niños. De unos infantes traviesos que recordando viejos tiempos revuelven en la penumbra de misteriosas sacristías, y niños que, quizá como homenaje al mejor Sorolla, retozan en las brillantes playas levantinas. Este año toca y Lull y sus niños han regresado a la galería de arte Bernesga.

En los más pequeños se puede encontrar la emoción por lo mágico. En su incipiente pensamiento manda la imaginación, por eso son capaces de creer en lo imposible, de convivir con duendes, hadas y Reyes Magos, como una aventura más de su vida cotidiana. Quizá por eso a su alrededor se vive una atmósfera de feliz irreverencia. Gracias a los niños podemos regresar a veces al país de Nunca Jamás y recordar con emoción las vivencias de nuestra infancia perdidas en el tiempo. El veterano pintor valenciano José Lull, nos ayuda con sus cuadros a sumergirnos en el fantástico universo de los más pequeños. El artista es capaz de retratar con inusitada belleza la realidad intangible de los niños.

Niños que juegan en un pequeño jardín con la mirada perdida. Niños que se asoman al escenario colorista de la naturaleza… y entre tantos retoños encantadores, los monaguillos, auténticos emblemas de la pintura de este extraordinario artista. Los monaguillos, con sus pícaras travesuras, con sus ropajes intensamente rojos e inocentemente blancos, con el pelo alborotado por el continuo trajín, buscan la diversión y ejercen la travesura en el acogedor escenario de la sacristía. En ella escudriñan los viejos códices, osan enfrentarse al mareo del primer cigarrillo e, incluso, son capaces de entendérselas, con cierta malicia, con el dulce vino de misa. Estos monaguillos de Lull, dan forma a unas hermosísimas estampas que están en perfecta sintonía con el tiempo navideño.

El pintor, con setenta años a sus espaldas, es capaz de hacernos sentir con sus colores hasta el religioso olor del incienso de esas sacristías juguetonas. Cuando alguien es capaz de pintar con esa genial sencillez, de transmitir al espectador las vivencias infantiles de esos encantadores monaguillos, de encender una luz en el reducto de la ilusión… hay que admirarlo sin reservas y olvidarse de tendencias y modas para penetrar en la verdad de una obra bien concebida y admirablemente interpretada. Los niños de Lull juguetones e inquietos son un maravilloso canto a la belleza.

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