Albert Boadella | director de Els joglars

«En España hay una buena sociedad de cretinismo ilustrado muy importante»

Un irreductible de la libertad. Albert Boadella mantiene que sigue siendo un bufón, el personaje entregado a mostrar la realidad del poder, de caricaturizar sus desmanes y excesos. No obstante, el creador de Els Joglars subraya que el sentido de autoridad ha mudado de cara en los últimos 50 años y advierte de que ahora los poderes están «camuflados». Echa de menos una sociedad más crítica, menos beata y conformista, y confía en que este momento de irrelevancia cultural dé paso a uno de renacimiento. Viene a León el martes con ‘El Nacional’.

El actor, escritor y creador de Els Joglars, Albert Boadella.

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cristina fanjul | león
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«Desesperado por la irreversible decadencia, Don José, anciano acomodador del que fue Teatro Nacional de Opera, y hoy en estado de ruina debido a la gran crisis, asume la ardua misión de resucitar y renovar el arte lírico entre los restos del monumental coliseo»... Este es el argumento de El Nacional , la obra con la que Els Joglars celebra medio siglo sobre los escenarios y que subirá a las tablas del Auditorio Ciudad de León el martes y miércoles.

—Han pasado 50 años desde la fundación de Els Joglars. ¿En qué ha cambiado el teatro, el mundo de la cultura y España?

—El teatro ha cambiado relativamente porque desde hace 2.400 años, desde los griegos, no ha experimentado grandes cambios en la historia. Es cierto que ahora hay más promotores, mejores actores, hay más público, tiene mayor proyección, pero desde el punto de vista del arte teatral, casi no ha cambiado. Nosotros empezamos en 1961, en plena dictadura y ahora estamos integrados en Europa, con unos cambios inimaginables. Recuerde que nosotros estábamos sujetos a la censura.

—Pero ¿no le parece que ahora estamos, todos, sujetos a la censura, a una censura diferente?

—Se practica una cierta autocensura. Mire, cuando hay un enemigo en el cual todo el mundo está de acuerdo, como era el caso de la dictadura, las cosas son más sencillas. Está claro quién es el poder y la función de ataque al poder era muy clara. En este momento, las cosas revisten muchísima más complejidad. Los poderes están camuflados y no se sabe demasiado bien quién es el auténtico poder. Los propios artistas muchas veces no quieren tomar riesgos, porque la administración pública, a diferencia de lo que ocurría en 1961, es la que da los medios para dar teatro. Enemistarse con ellos siempre es un riesgo y la gente se autocensura. Además, cada sociedad monta su propio estatus. En mi época, una broma sobre la homosexualidad, era considerada una cosa normal. Ahora si se hace esa broma se corre el riesgo de que te califiquen de homofóbico. Lo mismo ocurría con el Islam o del ecologismo, por ejemplo.

—Pero, lo que es cierto, es que el grado de valentía se ha reducido.

—Evidentemente, porque tenemos más cosas que perder. Cuando uno tiene pocas cosas en la vida, corre más riesgo. A medida que las comodidades aumentan te vuelves más cobarde.

—Somos más beatos, beatos laicos.

—Sí, hoy en día hay religiones laicas, que son más peligrosas que las que conocíamos, que ya teníamos controladas. Además, los tiempos más peligrosos de estas religiones pasaron. Ahora hay otras, como el medio ambiente, por ejemplo, el nacionalismo, que pervive en algunos lugares de España... Prefiero las religiones conocidas.

—¿Cuáles son nuestras brujas?

—Creo que hay una forma de condenar muy peligrosa. Los medios de comunicación se han vuelto en muchos aspectos una especie de inquisidores capaces de auténticos linchamientos públicos. La bruja puede ser cualquiera de nosotros en cualquier momento, sobre todo quien tiene un nombre público.

—¿Cuál es el becerro de oro en el mundo de la cultura?

—En el mundo de la cultura ha intervenido de una forma decisiva el dinero. Todo lo que se llama sociedad del ocio implica un porcentaje muy importante en la economía de los países desarrollados. El becerro de oro puede ser lo que llamamos el chollo cultural, algo que de fama, poco trabajo y mucho dinero. Eso está a la vista. Hay gente que sabe explotar muy bien ese chollo.

—Me da la impresión de que estamos viviendo una época muy parecida a la de los años 60, con todas esas corrientes como el situacionismo, la generación beat, la nostalgia por el tercermundismo, etc.

—Esta crisis no es sólo económica, está inspirada en muchas otras cosas. Y traerá unos filtros importantes, caerán muchos mitos marginales e inútiles y habrá emergencia de cosas funcionales. Eso sería lo lógico. La gente debería plantearse qué cosas son esenciales y cuáles prescindibles, y en el mundo cultural pasará exactamente lo mismo. Sobrevivirá lo que realmente suscite el interés del público, lo residual desaparecerá. A mí me parece que esta situación en cierta medida es sana hasta un punto. Lo único que temo es que lo que yo llamo la plebe se adueñe de la calle, que la calle sea ley. Eso me parece enormemente peligroso. La democracia no es reunir gente para gritar y torcer la voluntad del país.

—El hombre masa, del que hablaba Ortega.

—Lo que sucede es que hay un límite. El sistema es el que es. Romper el sistema sólo puede hacerse a través de un procedimiento violento y revolucionario. Tomar la calle con la idea de que lo que se decide en una asamblea es lo que va a misa después es enormemente peligroso y es una tendencia que ha tenido siempre la izquierda.

—Y, volvemos a los 60.

—Sí, pero las cosas han cambiado porque si pensamos en el mayo del 68 no hay que olvidar que la gente que lideraba aquel movimiento eran gente remarcable, con intelectuales importantes. Sabían dónde iban. Hablamos de mundos distintos. El mundo de la cultura tiene una fuerte tendencia izquierdista. La izquierda cree que es la representante genuina de la cultura. Así se ha defendido Cuba, la URSS, a Mao... en fin esto siempre ha sido el talón de Aquiles del mundo de la cultura, tal vez porque el mundo liberal ha sido menos sectario y no ha sido tan partidario de hacer mecenazgo del mundo de la cultura.

—El problema es que parece que hoy en día hay demasiado ruido y eso nos impide descubrir dónde está la cultura.

—Este es un momento peligroso para lo que sería el sentido de la realidad. La gente cree que sabe la verdad de las cosas, porque lee el periódico y ve la televisión. Antes, la gente no tenía esa seguridad y, por lo tanto, era más comedida, más pudorosa en la muestra de sus impulsos. Hay una buena sociedad de cretinismo ilustrado muy importante y, al mismo tiempo, muy arriesgado porque los medios son los que son. Si uno no sabe defenderse bien y acercarse a la información de manera responsable, se convierte de manera automática en un cretino ilustrado. Todos ellos tienen un papel importante en los vaivenes del país, y votan... con lo que condicionan de manera sobresaliente la sociedad hacia una masificación apabullante.

—En la dictadura, el Leviatán estaba más claro.

—Lo que ocurría en la dictadura era que había una conciencia clara acerca de lo que era mentira y era verdad, acerca de lo que se podía hacer y lo que no. Porque la gente sabía perfectamente que había que creerse la mitad, o nada, de todo lo que escuchaban. Había por decirlo así, unos anticuerpos que actuaban. Ahora hay un magma general en el que todo el mundo cree que sabe de todo y, en realidad, no sabe de nada.

—¿Por qué eligieron ‘El Nacional’ para celebrar su medio siglo de vida artística?

—En primer lugar porque es una de nuestras mejores obras, en la que se sintetizan estos cincuenta años, el sentido del humor, la tragicomedia, la profundidad, la música... Además, porque esta obra fue hecha en 1993, en plena crisis y ahora parece que está hecha ex profeso para el momento en el que estamos y, por lo tanto, resulta enormemente oportuna.

—Es una historia en cierto modo quijotesca.

—Un gran teatro de ópera ha quedado desahuciado. El acomodador y la mujer de la limpieza empiezan a rehacer la actividad teatral con músicos que tocan en el metro y con indigentes. La obra trata de mostrar cómo después de una hecatombe siempre hay un renacimiento. Es una metáfora del momento actual.

—Y ¿Por qué eligen ‘Rigoletto’ para poner en marcha el teatro?

—Porque es la historia de un bufón y el nuestro siempre ha sido eso, un oficio de bufones. A veces, el poder nos tolera y otras veces no. Nosotros lo podemos decir con toda propiedad porque un día el poder nos metió en la cárcel y nos hizo un consejo de guerra. Sabemos cómo las gasta el poder cuando se harta.

—Pero Rigoletto no es un bufón al uso.

—Ya, pero es lo que tienen los bufones. Piense en Molière con Luis XIV. Es evidente que no era un bufón, pero era su comediante preferido. Cuando él hace, por ejemplo, El Tartufo, yo estoy seguro de que Tartufo tenía un nombre en la Corte, y a Luis XIV le divertía una barbaridad, a pesar de que se le prohibió representar la obra. Siempre hay, entre el artista y el poder, cierta connivencia. En el caso de Rigoletto está claro que esta connivencia es total.

—Y la metáfora de que sean indigentes los artistas de la ópera, ¿a qué responde? ¿La cultura hecha de manera más pequeña es siempre la más grande?

—Yo creo que después de determinadas épocas en las que las formas artísticas entran en un proceso de degeneración, siempre llega un momento de renacimiento. Eso es una constante en la historia de todas las artes. Ahí tiene a los impresionistas, por ejemplo. Yo creo que es lo que va a ocurrir ahora con nuestro propio oficio, con el teatro, con la pintura... porque claro, lo que ocurre hoy en día es que el primer desalmado que pasa por la calle se le ocurre algo y lo planta en una galería. Estoy seguro de que llegará un momento en el que se valorarán otras cosas, como el oficio, la técnica pictórica...

—¿Cuándo cree que comenzó esta irrelevancia cultural de la que habla y cuál cree que es la medicina?

—Empezó en la Segunda Guerra Mundial, cuando se produjo un ataque a la belleza en el sentido clásico y una defensa del feísmo. Afectó a todas las artes. Muchas veces, el límite lo pone el espectador. En el caso del teatro, desde luego, es el espectador el árbitro, el que dice si le interesa o no.

—¿Por qué le dieron a la obra el nombre de ‘El Nacional’? Es por el nombre del teatro o tiene un sentido más amplio?

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—Lo llamamos así porque se trata de un teatro de Estado, como el que se hizo en Cataluña en aquel momento. En 1993 se estaba construyendo el Teatro Nacional de Cataluña, un espacio inmenso, con una gran riqueza de medios y posibilidades técnicas. Era la idea de que, en el fondo, el mejor teatro de la historia se hizo con dos docenas de telas y la gente sentada en bancos de madera, o simplemente de piedra. Para el teatro no se necesitan tantos despliegues, parques temáticos, grandes artificios arquitectónicos... porque con muy pocas cosas se consigue hacer buen teatro. En el fondo, siempre volvemos a la poesía, y la poesía es conseguir con lo mínimo, lo máximo, con los mínimos elementos, las máximas posibilidades emotivas. De ahí el título de la obra.