Ángeles Caso. escritora
«Estamos gobernados por vagos e incapaces, como en el siglo XVIII»
Ángeles Caso se sumerge en la España del siglo XVIII en su nueva novela, un crisol en el que se sumerge en las luchas que las potencias europeas pusieron en marcha en la subasta de los restos del imperio que a su muerte dejó el último Austria, Carlos II, el Hechizado.
La escritora Ángeles Caso firmó ayer libros en El Corte Inglés de León.
En Donde se alzan los tronos, Ángeles Caso realiza una cartografía de la lucha por el poder en la España del siglo XVIII. La escritora cose las entretelas de la corte española y va revelando de qué manera el país fue utilizado como moneda de cambio por los monarcas europeos del momento. «Mientras iba escribiendo la novela, me daba cuenta de las analogías que podemos hacer con la España de la actualidad», subraya la escritora, que ayer visitó León para firmar ejemplares de su libro.
—¿Qué es ‘Dónde se alzan los tronos’?
—La novela es una narración que gira en torno al poder, a cómo se maneja de manera absurda y ridícula, ambientada en el siglo XVIII durante la guerra de Sucesión española y lo que llegó después con el reinado de Felipe V.
—Uno de sus protagonistas es la princesa de los Ursinos, una mujer que fue capaz de manejar el país como un valido.
—La princesa de los Ursinos fue una mujer excepcional. Su gran logro fue que no ejerció el poder a través de un hombre. Ella construyó su carrera política por sí misma.
—¿Cómo consiguió manejar a Felipe V?
—Felipe V era un pobre hombre. Sufría transtorno bipolar, era un incapaz y no le interesaban en absoluto los asuntos de gobierno. La princesa de los Ursinos era como la madre de la reina, María Gabriela de Saboya, y a través de ella consiguió influir en el rey.
—¿Cómo era?
—Era una mujer única. Era inteligente, maquiaválica, ambiciosa, y tenía una educación exquisita. Todo junto resultaba irresistible.
—¿Qué reformas le debemos?
—Pues ella fue la responsable de la modernización de la administración. Además, puso al día las arcas públicas, que Carlos II había dejado vacías. Además, intentó acabar con el poder de la Inquisición, pero la llegada a España de Isabel de Farnesio truncó su objetivo.
—Describe en la novela un país que era como un trapo en manos de las potencias europeas, que decidían la suerte de los españoles. Vamos, como ahora.
—En cierto sentido, sí. Los Borbones desembarcaron con un montón de extranjeros dispuestos a hacerse cargo de España porque sabían que la nobleza española era en su gran mayoría una panda de vagos e incapaces. Y sí, hay grandes paralelismos en este control que Europa ejerce en la actualidad y en la sensación de que estamos gobernados por inútiles. Los gobernantes no han cambiado demasiado.
—¿Está de acuerdo con la frase según la cual cada pueblo tiene los gobernantes que se merece?
—El hecho cierto es que España ha tenido malos gobernantes desde el Antiguo Régimen hasta nuestros días. La diferencia es que ahora les elegimos y estamos eligiendo a personas mal preparadas. Tenemos que preguntarnos qué pasa con unos partidos políticos que priman a los mediocres y dejan de lado la meritocracia.
—¿Considera que puede ubicarse un momento en la historia que hizo que los acontecimientos discurrieran de esa manera?
—Habría que rastrear muchos siglos de historia, pero lo que sí es cierto es que la Iglesia y las fuerzas más reaccionarias de la sociedad han tenido un gran peso en España. Fíjese que en este momento, en el siglo XVIII, es cuando surgen en Europa los grandes pensadores de la Ilustración, mientras que aquí ese movimiento intelectual se circinscribe a un puñadito de personalidades sin demasiada influencia. Además, nuestra jerarquía de valores da demasiada importancia a comportamientos como el amiguismo, el nepotismo, etc, que revelan un sistema de valores bastante pobre.
—Uno de los temas que aborda en la novela es la importancia que el negocio esclavista tuvo para la ‘subasta’ de España.
—Es un tema del que hablamos muy poco porque tendemos a simplificar la historia o a omitir lo que no nos gusta, y la realidad es que España tenía el monopolio del negocio de esclavos desde Fernando el católico. La compañía negrera era propiedad de Felipe V y de Luis XIV. Lo que quiero decir es que detrás de todas las guerras siempre hay razones comerciales que las potencias económicas quieren defender. Ahora estamos implicados en numerosas guerras y parece que se trata de misiones de paz, cuando lo que está en juego son el gas, el petróleo o los minerales. Al poder le gusta embellecer la barbarie pata justificarse.