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mila trenas | madrid
León

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Objetos cotidianos como maletas o sombreros se convirtieron en protagonistas gracias a los pinceles de Eduardo Úrculo, uno de los máximos exponentes de la pintura pop española que falleció hace diez años dejando tras de si una obra audaz y personal.

Al finalizar un almuerzo con personalidades del mundo de la cultura y amigos que se celebraba el 31 de marzo de 2003 en la Residencia de Estudiantes, Úrculo, de 65 años, sufrió un infarto masivo y falleció en el momento, dejando un vacío en el mundo del arte del momento.

Con una importancia capital dentro de la llamada «nueva figuración madrileña», en sus últimos trabajos Úrculo había retornado al cubismo como se pudo contemplar en la exposición organizada tras su muerte en la Galería Metta de Madrid. En ella se exhibieron sus bodegones neocubistas, últimas obras inéditas en las que Úrculo trabajó desde 2000 y en las que jugaba con la iconografía de pintores cubistas de comienzos del siglo XX. Formaba parte de la exposición el cuadro de gran tamaño que se encontraba en su caballete el día que murió. Nacido en Santurce (Vizcaya) y asturiano de adopción, Úrculo encontró su destino, la pintura, en la adolescencia, cuando trabajaba como recadero en una empresa minera y contrajo la tuberculosis. Su última exposición fue inaugurada por la reina Sofía en Pekín. En ella se mostraba una selección de 50 obras realizadas a lo largo de cuarenta años de trabajo que el pintor definió como la culminación de un camino.

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