Crítica de televisión

Los mejores

josé maría cillero

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León

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Es frase frecuente en funerales y en bodas de plata de promoción de academia militar o de bachillerato: Se van los mejores. Elvira Lindo recordaba hace poco además que la locución vive un reciente éxito como epígrafe de la supuesta fuga de cerebros que obliga a los jóvenes más cualificados a salir de España en busca de un futuro profesional: Se van los mejores.

Si al menos unos y otros fuesen los únicos mejores que se van, la cosa sería más llevadera. Pero es mucho peor. Se van los mejores. También en televisión. Se van los que enganchan a un programa y contribuyen decisivamente a su éxito. Se va expulsado Yong Li, el chino irundarra de Un príncipe para Corina y nos deja huérfanos de sus genuinas reflexiones, mitad filosofía oriental, mitad bilbainada hilarante -«bueno, yo soy más de morenas»-, sumiéndonos en un vacío imposible de llenar por un hatajo de pretendientes guapos, «de ojos azules, mandíbula cuadrada y labios un poco carnosos», con «una cara que no la tiene nadie» excepto ellos.

Quién será el genio que decide tapar con interminables pitidos las ocurrencias de Li pero nos obliga a escuchar, varias veces, la definición que hace de sí mismo un mentecato. A estas alturas, podrían haber expulsado a la hermana, al padre y, ya puestos, a la propia Corina, pero no, se va el mejor. Se va porque lo han echado.

Y cuando no habíamos levantado cabeza tras tan irreparable pérdida, se confirma que definitivamente otro de los mejores se va. Antonio Orozco sustituirá a Melendi como coach en La Voz. A pesar de que fue el último en hacerse con una de las cuatro sillas giratorias, el asturiano resultó decisivo en el buen arranque de la primera temporada del talent, se comía a sus compañeros.

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Si al menos hubiera sido Bisbal quien renunciase, la cosa tendría remedio. Bastaba con repetir una por una todas sus intervenciones en los programas de la primera edición. Total, para lo que se le entiende.