De mano en mano hasta que la llegada de la electricidad lo volvió ‘inútil’
Concepción Arenal.
El documento de compraventa destaca que la finca lindaba a oriente, mediodía y poniente con terreno o campo concejil y norte con terreno de la propia Concepción Arenal valorados en 6.500 pesetas. La propiedad constaba además de una huerta «de cabida de cuatro celemines», con un precio de 500 pesetas, una de un celemín (300 pesetas) y una tierra «donde llamar el tomillar de ocho celemines» (200 pesetas). Salvador Vázquez pagó por el molino 4.500 pesetas, y quedó obligado a satisfacer las 3.000 restantes en el plazo de un año con un interés del 6%. Quedaba como garantía de este pago el molino hipotecado con todos sus útiles, artefactos y puertos.
Destaca Fernando Gil que éste tuvo el molino en propiedad durante dos años, en los que añadió una hornera y un gallinero, todo ello de unas medidas de 16 pies de ancho y 28 de largo. «Con posterioridad compró una taberna y vendió el molino y las fincas por el mismo precio por el que las había adquirido.
El molino fue cambiando de propietarios y con la llegada de los molinos eléctricos, este fue perdiendo clientes, hasta que se abandonó.
Se sabe que en 1930 el último alcalde republicano de la localidad, Eleuterio González, pleiteó con Eugenio Martínez, propietario del molino para hacerse con el tomillar en nombre del pueblo. Los últimos en explotar el molino fueron los Villafáñez, de Villamartín de don Sancho.