OBITUARIO

Muere Amparo Baró, pura ironía que enamoraba

La veterana actriz, Sole en ‘7 Vidas’, era una de las mujeres más valoradas del país

Amparó Baró, en 2011, cuando regresó al teatro tras doce años de ausencia.

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CONCHA BARRIGÓS | MADRID
León

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Amparo Baró era elegida año tras año por una encuesta como una de las personas más conocidas de España y la mujer más valorada, algo que ella atribuía solo a la suerte porque su «fuerte» no había sido nunca «socializar», pero daba igual: hiciera cine, teatro o televisión arrasaba con su ácida dulzura.

Baró, fallecida ayer a los 77 año en el hospital Puerta de Hierro, donde estaba ingresada a consecuencia de «una larga enfermedad», tenía «todas las experiencias» y las había vivido «como había querido», presumía en una de sus últimas entrevistas. Casi nada le asombraba, aunque agradecía humilde que se agotaran, sistemáticamente, las entradas, como ocurrió en su último montaje teatral, Agosto, en el CDN.

La catalana —había nacido en Barcelona en 1937, aunque vivió desde muy joven en Madrid— había comenzado en diciembre el rodaje junto a su «íntima» Carmen Machi de La puerta abierta, de Marina Seresesky, la historia de una hija y una madre prostitutas. Machi estaba entusiasmada con la idea y se deshacía en elogios hacia la que ya se había estrenado como su «madre» en una de las más potentes historias teatrales que se han estrenado en España, Agosto (diciembre de 2011). Solo estuvo un mes en cartelera, con todo el papel agotado desde que se puso a la venta, porque tanto ella como Machi, de la que aseguraba que era «la mejor de su generación» y que sin ella en el escenario se habría sentido «perdida», se pusieron enfermas. Agosto, de Tracy Letts, dirigida por Gerardo Vera, era su vuelta a la escena tras 12 años alejada y regresó porque desde que conoció el texto supo que «necesitaba hacer» una pieza «tan brillante y conmovedora».

Aunque hubo un intento de recuperar la obra y llevarla de gira, finalmente Agosto, una tremenda historia familiar, en la que Irene Escolar era su nieta, fue su última aparición en el teatro, en el que había debutado en 1957 junto a Adolfo Marsillach.

Baró incorporaba con tal maestría sus personajes que, recordaba, cuando hacía de Sole en la serie de televisión 7 Vidas un taxista la «acusó» de ser «una roja». Ella le explicaba que aquel era su personaje pero él insistía hasta que ella le espetó: «No, no soy roja. ¿O es que cree que si hiciera de puta lo sería?».

«No creo que sea la más conocida y valorada, aunque lo digan esas encuestas. La gente me quiere pero no me conoce mucho y confunde a la Sole de 7 Vidas conmigo. Soy irónicamente ácida, pero del resto nada. Ni de puta, ni de roja», se reía recordando la anécdota con el taxista.

Tenía «muy claro» que si no se veía con fuerzas no iba a volver a una escena porque le espantaba la idea de salir «arrastrándose».

Fama de peleona

«Morir en un escenario me parece una ordinariez y un horror», sentenciaba. Hacía lo que hacía cuando quería hacerlo y era muy difícil, sostenía, que lamentara sus decisiones, haciendo honor a su fama de «peleona», y por eso asumía su «error» de haberle dicho que «no» a Pedro Almodóvar cuando la llamó para su primera película, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. «No me he arrepentido. Cuando me dieron aquel guión dije: ‘¿Pero esto qué es?. Este no está bien de la cabeza. No le veo ni pies ni cabeza’. La suerte esa vez no me acompañó pero es que yo no creía en aquello. Nunca más me ha llamado ni nada de nada, ni creo que lo haga», barruntaba en una entrevista.

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Se había «reconciliado» con el cine con Siete mesas de billar francés (2007) pero, como todo, se lo tomaba con «el tiempo y la perspectiva que requiere el trabajo», al que dedicaba «lo justo», se reía. Lo que más le gustaba, decía sin remilgos, era estar en su casa del campo, madrugar, y contemplar, sin solución de continuidad, «el el paisaje, las casas, las vacas, la vida pasar...».