CULTURA

Núria Espert, rostro del teatro clásico, Premio Princesa de Asturias

Núria Espert durante una representación. M. HERNÁNDEZ DE LEÓN

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León

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La carrera de la actriz más internacional del teatro español comenzó con un fracaso. Núria Espert, que ayer recibió el Princesa de Asturias de las Artes, se subió a las tablas por primera vez a los doce años, en el Romea de Barcelona. El papel no parecía difícil: tenía que hacer de gatito en una función infantil. Pero los responsables de la obra la apearon enseguida del cartel. Sin embargo, un mes después estaba de nuevo en el escenario y no ha parado desde entonces.

La inolvidable protagonista de Yerma y Medea es algo más que el tópico de la gran dama del teatro: es quien mejor ha defendido por el mundo la tradición escénica española. El jurado del Princesa de Asturias, que galardona por tercera vez en su historia a una personalidad teatral —con anterioridad lo ganaron Fernando Fernán Gómez y Vittorio Gassman—, destacó en el acta que Espert ha sido fiel a «los ideales y aspiraciones del humanismo y ha estado siempre al servicio de la poesía y de la esencia de la escritura dramática». Un buen retrato para una actriz autodidacta que renunció a terminar el Bachillerato para poder cumplir con una vocación arrolladora.

Espert (Hospitalet de Llobregat, 1935) se encontró con uno de los papeles de su vida por una casualidad. Elvira Noriega, una de las grandes del momento, enfermó a tres semanas del estreno de Medea y alguien pensó que una secundaria de la compañía podía enfrentarse al personaje de Eurípides. La joven (sólo tenía en ese momento 19 años) había sido contratada para hacer un papel pequeño pero se sabía la obra completa y lo bordó. Las críticas fueron muy elogiosas y Espert creyó que los promotores teatrales se la iban a rifar. Nada de eso pasó. Durante los meses en que nadie llamó al teléfono que su madre había instalado con el único fin de recibir ofertas, aprendió una lección: que una carrera no se sustenta sobre un gran éxito, sino sobre el trabajo constante y el riesgo.

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Años después fue su marido, el también actor Armando Moreno, quien la guió por el camino adecuado. Él le propuso que crearan su propia compañía con un argumento irrebatible: era la única forma de montar las obras que deseaba hacer. Y esas piezas, el gran teatro de Shakespeare, Lope, Calderón, Sartre, García Lorca y los clásicos de la Antigüedad se convirtieron en su vida.