La leonesa que desenmascara a los pijos

La escritora publica una crónica mordaz de España a través de sus clases altas, desde Alfono XII a la ‘Cayeborroka’

Imagen de archivo de la escritora ponferradina Raquel Peláez. BENITO ORDÓÑEZA

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León

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¿Qué es un pijo? ¿Existen pijos de verdad y pijos de mentira? ¿Un pijo es siempre de derechas? ¿Es lo mismo ser pijo que rico? ¿Cuantos tipos de pijos existen? ¿En una sociedad obsesionada con el culto a la imagen, el dinero, el triunfo, no somos casi todos un poco sospechosos de pijismo? ¿Por qué el adjetivo pijo ha pasado de ser un insulto a un adjetivo que muchos sueñan con poder arrogarse?

A estas y otras muchas cuestiones responde Quiero y no puedo. Una historia de los pijos de España, de la periodista y escritora ponferradina Raquel Peláez.

La estructura de clases ha modelado las aspiraciones y sueños de los españoles a lo largo de la historia. Podemos trazar una historia entera de nuestro país solamente a través de aquello que sus habitantes sueñan con tener. La historia de los pijos de España es también una historia de España porque nos habla, en realidad, de la evolución de su estructura de clases sociales.

Con la Revolución Industrial y la aparición de la burguesía en las ciudades, los nuevos ricos empezaron a querer mostrarse como heraldos de una nueva clase emprendedora y pomposa. Las fiestas de Eugenia de Montijo y la nueva estética dandy eran solo la guinda del pastel, y a medida que se desarrollaba el urbanismo en el siglo XIX surgie- ron nuevas formas de hedonismo. Había nacido la «clase ociosa».

Muy pronto, los miembros de esta nueva clase entendieron que lo importante no era solo tener dinero, sino contar a los cuatro vientos qué compraban y, sobre todo, que ostentaban el poder disponer libremente de su tiempo. El desarrollismo franquista modela las aspiraciones de las clases populares hacia el ascenso social y la socialdemocracia crea el marco de bienestar que legitima a las clases medias para querer parecerse a las altas. Durante el franquismo, la clase ociosa terminó de asentarse, y el éxodo rural así como el auge de la clase media dieron lugar a nuevos modelos aspiracionales representados, por ejemplo, en el culto al consumo de los yeyés.

El país se abrió a nuevas influencias extranjeras que calaron en grupos intelectuales como la Gauche Divine. El fin de la dictadura aceleró el hambre de cambio de los españoles. Cuando en los años 80 los Hombres G popularizaron la palabra «pijo», ésta todavía representaba un sistema de valores basados en la socialdemocracia posterior al franquismo.

Con la llegada del neoliberalismo a Europa, el culto al dinero es cada vez mayor. Y, mientras las grandes fortunas crecen, la clase media cada vez es más precaria. En medio de la jungla de símbolos que en la actualidad se usan para representar estatus, es complicado determinar a simple vista quién tiene parné, quién patri- monio inmobiliario y quién es un mero emulador atormentado por el «quiero y no puedo».

Pijos sin dinero

Lo cierto es que hay mucha gente con dinero que no parece pija y muchos pijos sin dinero que lo parecen porque han construido un espejismo muy sólido con el que paliar el «no puedo».

Nuestro sistema económico ha generado una escala de valores profundamente errónea basada en el culto al dinero, y es muy difícil admitir que no perteneces a una clase social acomodada. Así que aparentamos, y ante nosotros mismos los primeros, que no estamos explotados, que podemos permitirnos cómodamente nuestro alquiler, que llegamos a fin de mes, que podemos irnos de vacaciones un fin de semana a una casa en el campo sin que suponga el esfuerzo económico que, en realidad, nos supone hacerlo.

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La escritora leonesa sostiene que en 2024, un pijo no es aquel que tiene más dinero, sino aquel que más aparenta ser de una clase adinerada». Raquel Peláez, con mirada profundamente analítica y mordaz, relata la historia de un país encandilado por las apariencias, donde el imaginario de veleros, monterías, cócteles y bolsos de lujo convive con una creciente y angustiosa desigualdad social.