Tras los pasos de un misterioso alquimista en León
Marguerite Yourcenar relató la historia del médico ficticio Zenón en su novela ‘Opus Nigrum’ y ahora el profesor Andrés Felipe López persigue a ambos en su libro ‘Alquimistas’
Andrés Felipe López.
En los tratados de alquimia, Opus Nigrum designa la disolución de la materia y la liberación del espíritu. A través del misterioso y ficticio médico Zenón, un viajero errante de mediados del siglo XVI, la escritora francesa Marguerite Yourcenar logró la ‘piedra filosofal’ para conseguir una de las grandes novelas del siglo XX, titulada, precisamente Opus Nigrum. Un libro que es también un viaje iniciático.
Zenón decide hacer el Camino de Santiago vestido con el hábito de peregrino para pasar inadvertido. El prior de los jacobitas de León reside en el convento de San Marcos y cultiva la alquimia. El abad de Gante le ha persuadido que haga partícipe de sus sabidurías a Zenón, que quiere apresurar el viaje porque el prior es anciano y teme que olvide cuanto sabe o muera.
Ahora el profesor colombiano Andrés Felipe López publica el libro Alquimistas (Editorial Almuzara) —en una colección que dirige el leonés Raúl López, director del Museo Liceo Egipcio de la capital leonesa— en el que sumerge al lector, de la mano de Marguerite Yourcenar y de Zenón en la ciencia medieval.
Durante la Edad Media el trabajo de alquimista concitó no pocas leyendas y esoterismos entre los cuales fue poco a poco desvelándose un auténtico método científico. Personajes aún teñidos de misterio y esoterismo, también emergen como precursores de las ciencias y la curiosidad material por el mundo que nos rodea. Uno de ellos fue el inglés Roger Bacon, que inspiró a Umberto Eco el personaje de Fray Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa; al tiempo que Marguerite Yourcenar hacía lo propio con el médico y alquimista Zenón.
Andrés Felipe López, profesor de la Universidad de San Buenaventura, navega entre la orilla de la historia, la reflexión filosófica y la recreación literaria en Alquimistas. El escritor y académico leonés Luis Mateo Díez también se dejó seducir por la figura —esta sí histórica— del alquimista Nicolás Flamel en El sueño y la herida. «La capital del reino tenía el aliciente de su famosa judería, posible ocasión para el anhelado encuentro con alguno de los sabios cabalistas que tanto necesitaba. El propio nombre de la ciudad, tantas veces presentida en el recuento del Camino, se abría en la imaginación cobijado en su simbolismo alquímico». Pero a Flamel lo matan en El Portillo, para robarle, antes de que alcance la judería.
Un auto de fe en Astorga
La novela de Yourcenar relata un Auto de Fe de Astorga y a la expulsión del prior de San Marcos, don Blas Vela, por los propios frailes, que lo acusaban de judío. «Su cabeza senil se hallaba repleta de extrañas fórmulas del Zohar». Ni Abel Vela existió, ni hubo un auto de fe en Astorga. Pero, como defiende el autor de Alquimistas: «Opus Nigrum es el camino del héroe filósofo: un relato que interpela a quienes buscan sostener el pensamiento hasta el final y a aquellos con el coraje de llevar su reflexión al límite».
Yourcenar, como recoge Andrés Felipe López, había situado el nacimiento de Zenón en Brujas en el año de 1510 y su muerte, en la misma ciudad, en 1569. El profesor sostiene que si mucho de Roger Bacon hay en Zenón, más cierto es que Zenón es fiel reflejo de la propia autora. El protagonista de Opus Nigrum se nutre de las inquietudes de sus coetáneos Copérnico, Leonardo, Paracelso, Giordano Bruno, Da Vinci, Flamel y Servet, entre otros.
Al final, Zenón, un médico que duda de la eficacia de las sangrías —tan practicadas en el siglo XVI— acaba muriendo desangrado. Tras ser condenado por herejía, se corta las venas con una cuchilla para librarse de la hoguera y del recuerdo de su visita al lugar donde quedan los restos calcinados del Auto de Fe de Astorga, donde el dominico Blas Vela había recogido «unos huesecillos ligeros y blanquecinos, buscando entre ellos la luz de la tradición hebraica, que resiste a las llamas y sirve de simiente a la resurrección». Como explica Felipe López: «De nuevo, el filósofo aparece, resistiéndose a que la arena del reloj de su existencia se consuma arbitrariamente por decisiones injustas de otros. En lugar de someterse a ese desino impuesto, Zenón elige con precisión la duración de su tiempo: 59 años, once meses y veintiún días. Esta duración específica no es casual. Corresponde a un ciclo de Saturno, una medida vinculada a los ciclos sinódicos de la Antigüedad y los períodos babilónicos que seguían vigentes en el siglo de Zenón».