«He llevado la música leonesa y ha gustado mucho a la gente»
La música, muchas veces, viene de familia. En el caso de Laura, así fue. Desde pequeña rodeada de música. Padre, tío, padrino, todos tienen relación con ella. De ahí, que siempre haya querido ser una estudiosa de la misma y espera que nunca acabe su estudio porque se considera una «friki» por ello. El canto lírico, su género favorito y la docencia, su sueño
El canto lírico es un tipo de música no muy conocida por la población en general, pero que para muchos músicos significa mucho. Laura Fernández-García es una joven que está actualmente estudiando en el Conservatorio de Utrecht, uno de los mejores a nivel mundial en esta tipología. Desde pequeña siempre tuvo claro qué quería ser y hasta dónde quería llegar y con su familia al lado, lo intenta.
—¿De dónde nace surelación con la música y, concretamente, su decisión de dedicarte al canto y a la música?
—Creo que soy una persona muy, muy, muy afortunada. Tengo muchísima suerte y, de alguna manera, mi relación con la música nace incluso antes que yo. He tenido la suerte de nacer en una familia absolutamente musical y con muchos antecedentes de lo que yo he hecho. La mujer de mi padrino, que es como mi madrina aunque realmente no lo sea, es una maravillosa pianista y concertista, especializada concretamente en Lied, que es un tipo de canción, sobre todo alemana, del siglo XIX. También es una maravillosa pianista acompañante de zarzuela y forma parte del Grupo Taller Lírico de León junto con Marta Arce.
—¿Cómo llega a especializarse en música antigua? ¿Qué encuentra en ella que le atrae especialmente?
—Creo que una de las cosas que más me atraen de la música clásica en general es que soy una friki y me gusta muchísimo estudiar. Es el tipo de música al que más fácilmente se le puede sacar un trasfondo académico. Yo empecé en León y allí no había musicología contemporánea específicamente. No se podía estudiar hip hop, por ejemplo. Entonces empecé por la música clásica porque me encanta estudiar. Dentro de la parte teórica de la musicología, mi cosa favorita del mundo es el análisis de partituras. Me parece increíblemente divertido analizar una pieza barroca. Para mí es como hacer sudokus. Analizar una buena fuga me encanta. Primero la escuchas, después empiezas a reconocerla, la tarareas y cada vez te gusta más.
—Resulta curioso que una persona especializada en música antigua pueda disfrutar también de géneros como el reggaetón o el trap.
—Creo que cuanto más sabes de música, más cantidad de géneros diferentes puedes apreciar. Evidentemente existe una cuestión de gusto personal y eso está bien. A mí, por ejemplo, la música clasicista no me gusta. La respeto, obviamente, pero no me gusta. Pero creo que mucho del rechazo hacia la música que escuchan los jóvenes, esa idea de que «todo es horrible», «todo es súper básico» y cosas así, viene de no saber de dónde procede esa música o para qué funciona. La música siempre tiene una función a nivel social. Por eso existe.
—Esa faceta docente parece ser muy importante. ¿Cuándo descubre que enseñar también es una de sus grandes pasiones?
—He tenido muchísima suerte de poder dar clase a adolescentes durante cuatro años y fue maravilloso. De hecho, esos cuatro años dando clase fueron una experiencia que me cambió la vida absolutamente. Yo quiero enseñar. Me encanta enseñar. Y creo que la enseñanza está muy relacionada con mi manera de entender la música: no quiero simplemente saber cosas, quiero poder compartirlas y ayudar a otras personas a descubrirlas.
—Antes de llegar a Países Bajos, estudió en el Conservatorio de León. ¿Cómo comienza allí su camino hacia el canto lírico?
—Yo hice hasta quinto de profesional en el Conservatorio Medio de León. Al principio me metí en el conservatorio porque quería aprender a cantar. A mí cantar me encanta. Y pensaba: «Si soy capaz de cantar ópera, puedo hacer lo que me dé la gana. Puedo cantar lo que quiera». Me metí inicialmente por eso, pero según fui cantando y descubriendo la música clásica, llegó un momento en que pensé: «Bueno, aquí me quedo». Fue allí donde realmente me enamoré de la música clásica.
—¿Por qué eliges precisamente el Conservatorio de Utrecht?
—Entré en el conservatorio de Utrecht porque es uno de los mejores conservatorios específicamente en música antigua. Y pensé: «Si soy capaz de entrar aquí, ya está». De alguna manera todo se puso de mi parte y estoy muy orgullosa de haber entrado. Ahora sigo aquí, cantando y conociendo a muchísima gente joven. Ha sido una barbaridad. Una pasada. Me encantaría poder traer profesores de este conservatorio, y de conservatorios en general, a España para que pudieran vivir la experiencia docente que se vive aquí. Para mí ha sido un antes y un después. Ha habido clases enteras en las que yo estaba más pendiente de tomar apuntes desde un punto de vista pedagógico que desde el punto de vista de lo que me estaban contando, aunque evidentemente también me estaban contando cosas interesantísimas.
—¿Se imagina regresando algún día a León para ejercer como profesora?
—Es una opción que definitivamente está abierta. Ahora mismo, en Holanda, estoy súper contenta. Es un sitio en el que estamos muy cómodos y tranquilos. Pero al final las raíces tiran. No está fuera de la mesa terminar la carrera hasta donde yo quiera, hacer un máster, hacer un doctorado y después volver a España. No sé si volveríamos a León o si iríamos a otro sitio. Incluso hemos hablado de Cantabria, que es preciosa. Pero sí, siempre existe la posibilidad de volver a donde empezamos. Como mínimo, me encantaría dar alguna masterclass o algún curso.
—Aunque estés en Holanda, ¿sigue teniendo presente tu identidad musical leonesa?*
—Por supuesto. De hecho, he llevado música leonesa a Países Bajos. Les he enseñado jotas. Mis padres se reían cuando les conté que había cogido a un grupo de holandeses y los había puesto a cantar jotas. También les enseñé a hacer panaderas. Me encanta poder compartir mi contexto cultural y musical con mis compañeros.