Publicado por
Alberto Flecha

Creado:

Actualizado:

Se ha descubierto hace unas semanas. En una carpeta del Archivo General Militar de Ávila descansa un borrador mecanografiado de dieciocho artículos. No tiene firmas ni fecha precisa, conserva el rastro seco de una máquina de escribir y la mano de alguien que, en el verano de 1937, se sentó a ordenar un territorio entero. Cortes regionales, Hacienda propia, un Tribunal de Casación y el gobierno civil de cuatro provincias —Asturias, León, Zamora y Salamanca— cosidas por la red de sus ferrocarriles, sus puertos y sus cuencas mineras. El texto estaba lejos de ser una proclama de trinchera. Durante la Guerra Civil, con el Consejo Soberano de Asturias y León rodeado por las tropas franquistas, alguien diseñaba un proyecto de estatuto de autonomía no solo para los territorios bajo su mando sino también para todos los que componían Asturias y León en el caso de ganar la guerra. Pretendía levantar un orden civil y democrático sobre un territorio que ya compartía el mineral, el jornal, los raíles y los pasos de la Cordillera. Pero meses después cayó Gijón y aquellas hojas terminaron archivadas en una caja, interrumpidas mucho antes de llegar a discutirse.

Las guerras también dibujan mapas, pero deciden sobre todo qué borradores tienen derecho a un porvenir. En 1944, la república partisana de Ossola resistió cuarenta días en los valles alpinos antes de ser barrida por las tropas fascistas de Salò con apoyo nazi. Ellos también proyectaron una constitución democrática para gobernar los territorios bajo su mando. Sin embargo, el mundo político del que había surgido terminó del lado de la victoria y dejó descendencia en una Italia democrática que se inspiró en aquella obra partisana y antifascista. En el noroeste peninsular ocurrió lo contrario: no solo fue derrotado un gobierno de guerra, sino el tejido social y político capaz de darle continuidad. Casi cincuenta años después, cuando la Transición buscó una raíz histórica para el mapa autonómico de la meseta, recurrió a archivos medievales. 1230, Fernando III y un cerrojo retórico lapidario, destinado a cerrar todas las salidas: “la unión definitiva de los reinos de Castilla y León”. Aquella comunidad autónoma sin base popular entre los leoneses aparecía como una solución necesaria ante la historia y la geografía. La unión dinástica existió, pero convertirla en el creador retrospectivo de una comunidad de 1983 es un salto ideológico con pirueta. Puede que cada presente busque en el pasado los materiales con los que volver natural su propia geometría, pero sus resultados, a veces, pueden ser diferentes y hasta opuestos. Aquel proyecto de estatuto de Asturias y León quedó en vía muerta. Pero una vía muerta no es una invención: es un trazado por el que el tren dejó de pasar. Durante cuarenta años creció la maleza sobre aquellos raíles y acabamos confundiendo la duración con la necesidad histórica. Aquellos dieciocho artículos siguen en Ávila sin haber movido un solo mojón, pero dejan al descubierto la aguja de un cambio de vías que nos dijeron, y nos repitieron hasta el cansancio, que no tenía ninguna posibilidad.

Cargando contenidos...