El Auditorio recibió anoche el primer gran montaje operístico de la mano del Helikón de Moscú, que cautivó con el «Eugenio Oneguin» de Tchaikovsky

León se rindió a la ópera

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Miguel Ángel Nepomuceno - LEÓN.
León

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A estas alturas creo que no habrá quien niegue el tremendo tirón que la lírica ejerce sobre los leoneses, pues con sólo acercarse por el Auditorio cada vez que se programa un espectáculo canoro, bien sea en formato de recital, escénico o versión concierto, siempre ha gozado del favor de un público incondicional que abarrota el teatro y saborea con fruición cualquier espectáculo de este género que se le ofrezca. Lo que jamás han conseguido otras músicas, lo ha conseguido la lírica sobradamente, lo que la cazuela fue para el teatro, supuso el paraíso para la ópera: una apertura hacia el pueblo, desconocedor de las técnicas musicales, que terminaría haciéndose adicto al género. Además, amigos de la ópera de Valladolid y de otras provincias se desplazaron hasta la capital leonesa para disfrutar de los pocos espectáculos realmente buenos de ópera que en contadísimas ocasiones recalan en esta comunidad. Entre el respable, muchas caras conocidas de la política y de la música. La ópera, que fue una pasión a mediados del pasado siglo y llegó a ser el género musical por excelencia, el que tuvo el público más numeroso y variopinto, que llegó a cubrir, en el siglo XIX, todas las clases de la escala social. Aquel espectáculo cubrió el vacío de diversión expectante y no participativa. Con el teatro y el circo, la ópera vino a constituir el entretenimiento para llenar los momentos de ocio, e incluso la posibilidad de soñar con un mundo, imposible para muchos, donde regularmente el lujo había hecho su nido. En León, todavía, no hemos llegado a esos extremos por dos razones obvias: la primera porque las oportunidades son nimias y segundo porque el nivel de discernimiento aún no se ha deformado hasta semejantes estadios. Otra razón para soñar con una temporada de ópera estable es que varios abonados al Auditorio también lo son a las grandes temporadas de ópera de Madrid, Bilbao, Oviedo y La Coruña, incluso conozco aficionados que se van hasta el mismísimo Walhalla del canto para alcanzar la indulgencia plenaria de nuestro padre Wagner mientras ascienden transfigurados por la verde colina de Bayreuth. ¿Por qué entonces no ofrecer a estos recalcitrantes operófilos la oportunidad de disfrutar en León de las mejores producciones de ópera que habitualmente viajan por los circuitos internacionales, como fue el caso de ayer noche con el maravilloso Eugenio Oneguin, de Tchaikovsky, y no dejarles escapar hacia otros reinos de dioses, gigantes, enanos y valkirias y darles la oportunidad de tener eso mismo aquí en León donde ya ha sido demostrado hasta la saciedad que la afición por el canto es más que notable y numerosa? Llorar siempre ha sido más fácil que reír y esa es la baza de muchas de las óperas románticas que sin concesiones atrapan al espectador y no lo sueltan hasta que cae el telón y le dejan sumergido en un mar de dudas, inquietudes y ensoñaciones. En Eugenio Oneguin confluyeron todos los ingredientes que la hacen deseable para tantos: un argumento dramático-trágico y lleno de romanticismo, servido por una compañía excelente, con una puesta en escena acorde y un vestuario y una dirección orquestal sin fisuras. Si a ello unimos unas voces solistas -Igor Tarsasov (barítono), Natalia Zagorinskaya (soprano), Vadim Zaplechiy (tenor) y Svelatna Rossiyskaya (contralto)- y unos coros deslumbrantes, entonces tenemos asegurado un éxito como el que anoche tuvo la compañía Helikón de Moscú. A destacar la traducción simultánea, en letras luminosas, sobre la boca del escenario. Igualmente, el comportamiento del público, muy respetuoso y aplaudiendo al final de cada aria, como mandan los cánones.

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