El veterano constructor de acordeones leonés acaba de ser nombrado por la Cámara de Comercio de Madrid Artesano Mayor del Año 2003

Pablo Soler, marca registrada

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Emilio Gancedo - LEÓN.
León

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La historia de Pablo Soler Viejo es la de un leonés enamorado de la música del acordeón. Desde el primer momento en el que oyó los sonidos de este instrumento, allá durante su infancia en la pequeña localidad de Luengos, donde nació en 1942, hasta su reciente nombramiento como Artesano del Año 2003 por la Cámara de Comercio de Madrid, Soler ha recorrido un esforzado camino repleto de dificultades, pero también de éxitos: no en vano es, actualmente, de los poquísimos, por no decir el único, luthier español que posee su propia marca registrada de acordeones: Pablo Soler. El primer acordeón que tuvo entre sus manos, uno de juguete, encaminó sus pasos hacia la que iba a ser su gran pasión y, al cabo, su verdadero oficio: la antigua y noble profesión de artesano de instrumentos musicales. Pero para ello necesitaba algo más que intuición y buen oído: necesitaba formación. Y así fue que marchó a Italia, a Castelfidardo, donde asistió a exhaustivos cursos de especialización desde 1965 a 1993 hasta alcanzar el título de Maestro Técnico Reparador de Acordeones que hoy ostenta. Actualmente, Pablo Soler trabaja en su taller madrileño de la calle Sepúlveda, donde arregla, construye, compra y vende todo tipo de acordeones: conoce la técnica de construcción de todos los modelos, desde los de teclado-piano hasta los cromáticos de botones y los diatónicos, y restaura, además, todos sus componentes; teclas, lengüetas, fuelles, correas, etc. Este leonés, buen conocedor de los entresijos del oficio de luthier, sabe que «la totalidad de los pasos intermedios del proceso de construcción cuentan; no hay unos más importantes que otros, una pequeña parte que no funcione puede estropear el conjunto»; aunque manifiesta su mayor preocupación por «la afinación, que intento cuidar bastante», ya que es «como el timbre de la voz de las personas». También quiere que su criaturas «sean instrumentos ligeros, que se acoplen al cuerpo de la persona como una prolongación de ésta». Soler sabe que la música popular vive «una de sus horas bajas», y lamenta que los ayuntamientos con escuelas municipales de música contraten para las fiestas a grupos multitudinarios y no echen mano de esa cantera. A pesar de ello, ve el futuro con esperanza: «la música popular no morirá nunca», dice.

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