| Crítica | Ópera |
La negra noche de la última representación de Nabucco
Una vez más la amplificación acabó con cualquier atisbo de calidad en una escenificación caracterizada por una orquesta exigua y una decoración pobre y anacrónica
Parece ser que las voces actuales de la lírica no son aptas para claustros catedralicios y una vez más la nefanda compañía Concerlírica nos volvió a dar gato por liebre con el consentimiento de los organizadores. Además de hacer oídos sordos a las llamadas de atención de quienes están acostumbrados a escuchar ópera en directo, les permitieron colocar una locura de amplificación que magnificaba hasta la respiración de los vencejos. Tras el cúmulo de contradicciones en torno al cobro y no cobro de las localidades, en una de las batallas más perdidas de todos los tiempos entre actual Ayuntamiento y el Cabildo catedralicio, el gobierno de la ciudad decidió ofrecer gratis esta producción de Nabucco, que bien pudo ahorrarse sin ningún remordimiento. Y es que el Cabildo, a última hora, no permitió cobrar en el claustro «porque no es la costumbre», olvidándose de que en la época del gobierno del PP sí que se permitía y a pesar de que la concejala de Patrimonio ofreció la recaudación que se obtuviera de la función de ópera, -unos 6 o doce mil euros-, a la restauración de las vidrieras. Por toda justificación se destacó que «sentaría un mal precedente». Y digo que bien pudo ahorrarse sin ambages, porque lo que escuchamos en el claustro de la Catedral nada tenía que ver con lo que en realidad es una ópera en directo. Tras 25 minutos de retraso y cuando ya el público que llenaba el recinto se empezó a poner nervioso palmoteando para que los músicos aparecieran bajo el escenario -un lugar improvisado de marionetas de cartón piedra- comenzó la función. Realmente es de admirar la dedicación, el amor y el esfuerzo de toda la compañía por salvar lo insalvable. Desde el director de orquesta al último comprimario, todos y cada uno se esforzó por hacer del defecto y la carestía virtud. Amplificación del sonido Con una orquesta exigua, unos cuarenta miembros y una cuerda grave menguada, se inició lo que iba a ser una representación signada por el flagelo de la acústica más cutre y retrógrada que últimamente recorre los teatros líricos de Europa. Exceptuando el tenor, de voz ligera pero afinada, el resto de la compañía, coro, solistas y orquesta estuvo amplificado ¡ y de qué modo!. A modo de ejemplo: cuando cantaba el bajo Zacarías, que poseía una buena voz que no necesitaba amplificación, todo el público miraba a los tremendos bafles colocados a los lados del proscenio porque desde allí, y con unos cuantos decibelios de aumento, partía la profunda voz del sumo sacerdote, y no del escenario. ¡Qué descontrol visual y acústico!. Para colmo de males y debido a que el coro -también de cierta calidad- esperaba entre bambalinas su salida en los diferentes momentos de la función, se escuchaba tremendamente amplificado el sonido de las ropas, mientras que el cuchicheo de los coristas se mezclaba con las voces de los solistas en el escenario. Todo ello producía un molestísimo ruído de fondo, que impedía a las voces llegar con la nitidez y calidad debidas. Interpretación En cuanto a los protagonistas, ya dijimos que algunos poseían voces dignas que no necesitaban de ningún tipo micrófono para hacerse oír. Así, tanto el bajo Zacarías como el tenor, único cantante no amplificado, o el mismo Nabucodonosor, barítono con muchas tablas, eran dueños de unas voces suficientemente amplias como para que se oyeran sin problemas en el claustro, al igual que el coro, lo mejor de la noche o la Abigaille, que sin ser una soprano propiamente dramática como exige el papel, tenía suficiente potencia canora como para trasmitir su discurso sin la ayuda de decibelios añadidos. Más pobre fue Fennena, soprano de voz algo caprina, y tendencia a la tirantez en la zona aguda. Los decorados fueron cutres y pobretones, el vestuario se caracterizó por ser anacrónico hasta decir basta y el resto, iluminación y control de sonido, tercer mundista, especialmente el primero. Un Nabucco para los anales de lo que no debe ser nunca un montaje de ópera de estas características.