El festival supuso un gran éxito de asistencia de público, muchos de los cuales eran extranjeros

La música y la danza conquistan Robles de Laciana durante dos días

Rosa Torres Pardo y Eduardo Arroyo sellan una novena edición rebosante de calidad Lola Greco y

Concierto de la Orquesta Clásica de Finlandia en el Aditorio de León

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Miguel Ángel Nepomuceno - leónefe | madrid
León

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Nueve ediciones son ya una mayoría de edad considerable pero sobre todo el refrendo de consolidación de unos encuentros musicales que comenzaron en Robles de Laciana hace, eso, casi dos lustros como una reunión de amigos y se ha ido convertido a fuerza de entusiasmo, entrega y amor por el arte, en referente cultural y musical del verano leonés. Eduardo Arroyo y Rosa Torres Pardo se han sabido rodear cada año de personas muy cercanas que siempre tienen algo que ofrecer gratuitamente al pueblo y por ende a toda la comarca lacianiega y a quienes deseen pasar con ellos un par de días disfrutando del calor de sus vecinos y del incomparable marco del valle que se abre a los pies de la iglesia de San Julián. Las lenguas comienzan ya a confundirse en este entrañable pueblo y franceses, ingleses, alemanes y chinos que transitan por aquellos lares en busca de bellezas naturales, se asoman a las resquiciera de la primera curva del pueblo para otear qué es aquello que suena tan bien, detrás de la iglesia. Claro está, su sorpresa llega cuando se acercan un poco más y ven a cientos de personas apretándose alrededor de un piano en el que una morenaza de intensos ojos negros y largos dedos desgrana como nadie esa Rondeña que les hace chiribitas los ojos. ¡Olé!, gritó a mi lado un sonrojado alemán que pugnaba por abrirse paso por entre brazos y piernas para ver, aunque sólo fuera de cogote, a esa «diablo» que sacaba esos sonidos tan coloristas al piano. Al poco otro guiri se aproxima y me pregunta dónde está el toro. Ante mi asombro e ignorancia el confundido visitante insiste: ¡Si, mister, ese que sale de una tapia!. Menos mal que un atento vecino acude en mi ayuda para aclararle al inglés que ese toro es una inmensa cabeza de cartón piedra que Eduardo Arroyo ha colocado para ambientar el baile del día siguiente que Lola Greco hace en la campa-auditorio que lleva el nombre del escultor. Más tranquilo vuelve a preguntar: ¿Y se puede ver, mister? Ante nuestr afirmación sale corriendo calle abajo para contárselo, más bien gritárselo a otro grupo de amigos que ya se acercaban al atrio. Lo cierto es que al día siguiente la colonia extranjera había aumentado y en la campa, frente al impresionante toro de mis pecados que Eduardo había colocado imponente y hermoso en el muro, se encontraban boquiabiertos los cinco amigos llegados de más allá de Babia, disparando foto tras foto a las cabriolas que la genial bailaora/ina Lola Greco hacía ante el dorado Mihura a los compases de la Iberia que Rosa, todo fuego y todo arte arrancaba el poderoso Yamaha encarmado en un improvisado templete.

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