Escritor
«En esta obra hay huellas turbadoras comprometidas conmigo mismo»
El escritor lacianiego explica en esta entrevista los sentimientos con los que ha construido su novela más personal, una obra sobre el dolor y la fragilidad y un canto a la esperanza
El escritor Luis Mateo Díez presentará su último libro en Madrid el 15 de septiembre
Luis Mateo Díez presenta el próximo 15 de septiembre en Madrid su último libro, La piedra en el corazón , una novela que contagia el dolor de un padre por su hija enferma en medio de la tragedia de los atentados del 11 de marzo de Madrid. Hoy sale a la venta. -Hay un sentimiento que te persigue durante toda la novela, que te conmociona: la culpa. ¿Por qué no podemos vivir sin ella? - La piedra en el corazón es una fábula sobre la enfermedad relacionada con el transtorno y la adolescencia. Es una enfermedad íntima, que se circunscribe al espacio más personal de los protagonistas, que lo corrompe y lo contamina todo. Y sí, de alguna manera los padres de la protagonista sucumben al sentimiento de culpa como una manera de liberarse. -¿Cuál es el otro sentimiento que articula la novela? -La fragilidad. La fábula pone de relieve la fragilidad de lo que somos. Siempre hay algo en la vida que nos desequilibra, que nos rompe y no podemos hacer nada para impedirlo. -Y luego están los padres, que no saben enfrentarse a la enfermedad de su hija, que no pueden comunicarse con ella. -Una parte sustancial de la enfermedad de Nima es que no sabe vivir, esta desasistida. Hace referencia al extravío, a esa conciencia de que andamos perdidos, sin asideros, sin valores a los que agarrarnos. Y en ese contexto surge la importancia del valor de la palabra, que nos ayuda a entender lo que somos y a llegar a los demás. Los sentimientos tienen a veces demasiada hondura y oscuridad, por eso uno a veces puede tener la sensación de que Nima no sabe lo que le pasa, porque no puede expresarlo. Y los padres buscan desesperadamente las palabras en un reto extremo. -Es una novela demasiado intensa. -Si, es una novela muy dura, que refleja un dolor oscuro e indescifrable, pero al tiempo es reconfortante. Propone una catarsis similar a la que vive Nima. Tal vez por eso es tan fragmentaria. -¿Es su obra más íntima? -Hay mucha reincidencia en decirme que en La piedra en el corazón hay un latido distinto, que es mi novela más personal. Es posible, sí, es probable que halla huellas de turbación más comprometidas conmigo mismo. -Ocurre en medio del 11M, pero no es una novela sobre los atentados. -Esta historia tan privada y secreta ocurre en un día especial. De pronto, surge un fondo de tragedia terrible y el espacio de Nima se funde con el espacio de un dolor universal. De alguna manera se conectan esas dos experiencias y se produce una conmoción enorme que le hace ver a Nima lo relativo que resulta todo. Hay un más allá del dolor y a ella se le hace muy pequeño lo que le sucede al lado de la tragedia. Se produce una eclosión de las conciencias que da a todo otro sentido, otra dimensión. -Y esa expresión de la rutina, de lo ordinario, de lo común que resulta todo, como en «La Náusea». -No hay nada extraordinario más allá de la tragedia. Las víctimas del atentado van en esos trenes a encontrarse con sus vidas, salen del sueño para volver a la realidad y se encuentran con esa gran sima blanca. Lo relaciono con los despertares de Nima. -¿Cómo nos cambió el 11M? -Vivimos en un mundo extremadamente complicado, pero no pierdo la esperanza en el hombre. Hay una contradicción absoluta entre este mundo lleno de hallazgos, de recursos, y nuestra propia conciencia de indefensión ante la posibilidad de que cuatro perturbados lo trastoquen todo. Nos conmociona ser conscientes de lo relativo que es vivir. Por eso hoy es más importante que nunca creer en el hombre, en su bondad. Nuestro futuro está en la confíanza en lo que somos, no en la desconfíanza del mal. -¿El infierno entonces son los otros o somos nosotros mismos? -Hay una parte de conciencia perturbadora de lo que somos. Si miramos en nuestro interior podemos asustarnos, porque hay una parte infernal que hay que asumir. La única manera de suplirlo es en el encuentro con los demás. En los demás está la salvación, en asumir a los demás como espejo de nosotros mismos. La novela es un artefacto que nos ayuda a relativizar lo que somos, por eso toda gran novela es un callejón llena de gente desconocida y es a través de ellos que nos buscamos a nosotros mismos. -¿Cuál fue el primer fogonazo que sintió sobre la novela? -Viví de una manera muy especial el 11M y tres días después viajé a Francia para dar una conferencia. Me sorprendió el calor, el tono emotivo con el que me recibieron y cómo se solidarizaron conmigo. Lo que en principio iba a ser una charla sobre mi obra se convirtió en la narración de esta novela. Al regreso decidí que la escribiría, aunque en un principio pensé que el título sería El rostro común . -¿Ya prepara su próxima obra? -Empiezo a resignarme a la idea de que soy un escritor profesional, un contador de historias cercano a la manera de contar del siglo XIX matizado por las vanguardias. La próxima se titulará La gloria de los niños y tratará sobre la inocencia y su capacidad para ahogar la maldad.