El invento del maligno | José Javier Esparza

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El actor de «Camera café» Alex O-™Dogherty.

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León

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Debate recurrente: ¿Qué hacemos con las imágenes de muerte? ¿Las damos o no las damos? Esta pregunta es una duda permanente en las redacciones cuando uno tiene entre manos escenas luctuosas. En general, se adopta el criterio de la importancia objetiva desde el punto de vista público: la escena de un magnicidio puede ser horrible, pero es evidente que reviste una gran importancia informativa; en consecuencia, hay que emitirla. ¿Pero qué pasa cuando el muerto es un ciudadano del común, alguien anónimo, cuya identidad no es relevante para la opinión pública? En estos casos suele adoptarse un criterio bastante más lábil: si el acontecimiento ha sido de alcance público y en un escenario público, entonces hay que mostrarlo, aunque la víctima carezca de relevancia pública, porque la gente «tiene derecho a ver eso» o, simplemente, «quiere ver eso». Ahora bien, ¿de verdad la gente «tiene derecho a ver eso»? Acabamos de vivir de nuevo este debate a propósito de los encierros de Pamplona. La mayoría de los titulares eran una invitación directa al morbo: cosas del tipo «vea aquí el vídeo de la mortal cogida». Nos hemos habituado ya a eso de tal manera que la imagen de la muerte anónima apenas nos conmueve. El alcance de las escenas de «impacto», crece cuando descubrimos que todo ha ocurrido a nuestro lado: en una ciudad que conocemos y después hemos podido saber quién era la víctima, quiénes sus familiares. Estas circunstancias hacen que el «impacto» perfore de un modo más hondo nuestra sensibilidad, pero también hacen más legítima la exhibición de la muerte, porque la víctima anónima se ha convertido en alguien de relieve público. Yo entiendo perfectamente a quienes, conmovidos, han protestado por la emisión de las imágenes de Daniel Jimeno agonizante o las del mozo corneado ayer. Pero uno y otro sabían que estaban en un escenario público, ante la mirada de las cámaras. El periodismo no es un oficio caritativo. Esas imágenes, sí, había que darlas.

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