Publicado por
León

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Como gladiadores del balón, los jugadores están forjados en el autocontrol. Pero ¿y nosotros?, ¿qué será de nuestros nervios de meros mortales? Nada más terminar el partido me llamó mi primo Obdulio Luis, quien en el primer nombre lleva ya la penitencia, y me espetó entre sollozos: «Cuando metieron los chilenos ya no pude seguir viendo el encuentro-¦me encerré en la cocina a tomar tilas. No lo resistí». Criaturita. «Tú la presión siempre la has llevado muy mal, acuérdate - le consolé-, tampoco pudiste soportar la media hora final de «Psicosis», ni acompañar a tu mujer en el parto de las trillizas».

No obstante, y por aquello de quién avisa no es traidor, le advertí que en octavos va a ser mucho peor y que, por tanto, lo primero que debía hacer es ir a comprar más tila, no se vaya a terminar.

A España, pese a sus dos requetegoles, le costó imponerse a Chile. Lógico que así fuese. Rara vez hay victorias fáciles, porque los siete tantos de Portugal a Corea del Norte no tuvieron nada que ver con el fútbol, sino con los fenómenos paranormales. Un partido no es como una película de James Bond, que ya sabes que aunque sea arrojado desde un avión, sin paracaídas, ni botiquín de primeros auxilios, aterrizará sano y salvo en tierra firme, y sin despeinarse. En un Mundial tienes que ganarte en cada partido la condición de ser el bueno de la película. Del Bosque hace muy bien las funciones de director, pero el guión han de escribirlo entre todos. Y hay imprevisibles efectos especiales.

Por supuesto, la ilusión del Mundial es sólo eso: sombras en la caverna platónica. Pero estas sombras, más allá del ganar o perder, son verdad. Y nunca subestimes el efecto reparador de los espejismos; aunque, eso sí, harás bien en tener siempre a mano una tila reparadora.

O dos. O mejor, una caja.

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