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MIGUEL PARDEZA
León

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Incluso en estas fechas, regidas por una burda homologación según la cual no importa tanto la identidad de los protagonistas como las funciones que deben desempeñar, seguimos advirtiendo una notable diferencia entre jugadores importantes e imprescindibles. Así quiso demostrárnoslo Denoueix con la suplencia de habituales y con la titularidad de Nihat y Xabi Alonso; y es que, al margen de características específicas, parece más fácil sustituir a los primeros que a los segundos. Esta certidumbre que cuesta ver reconocida en boca de ciertos entrenadores, no puede ser negada sin dejar una estela de falsedad. Uno siendo jugador toleraba cualquier ingeniería táctica a cambio de que no se tocasen los pilares que daban identidad al grupo. Y en el caso de la Real Sociedad es más que sabido que si hay dos estandartes que le aportan sabor y sentido esos son precisamente Nihat y Xabi. Dejando a un lado la importancia decisiva de los goles, lo cierto es que el centrocampista pero sobre todo el delantero se encargaron de dar dirección y sentido cabales a un partido que se presentaba plagado de hosquedades y amenazas. Jugar en Turquía nunca es una experiencia agradable. A la rutinaria presión ambiental hay que sumar el carácter de un equipo que compite al borde del reglamento. Bastaría con fijarnos en la calentura casi delictiva de Hasan Sas. Por lo demás, la Real, tras una acción inverosímil de Nihat bien culminada por Kovacevic, se encontró con un gol que le daba tiempo y sobre todo espacio para operar sobre la insistencia algo desquiciada de los turcos, un grupo incansable y belicoso cuyo desgaste pocas veces encontraba la claridad y precisión que requieren los últimos veinte metros. Si la Real crecía sobre el abismo de defender para contraatacar con velocidad, el Galatasaray se desmembraba buscando un equilibrio imposible. Cierto es que el segundo gol realista llegó en un punto de agobio que inquietaba el resultado. Pero las cuentas estaban bien hechas desde el principio, y el gol de Xabi, al que no faltó su pizca de fortuna, vino a poner las cosas más o menos donde correspondía.

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