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LÓPEZ ITURRIAGA
León

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LA PRIMERA DE mis rutinas diarias consiste en leer unos cuantos periódicos, escuchar los boletines radiofónicos, enchufar la tele en cuanto me levanto y meterme en Internet para rastrear durante un rato antes de ponerme a la faena. El problema es que hay veces que leo, escucho o veo algo relacionado con un tema que me gustaría tratar y luego, cuando me siento delante del ordenador, se me olvida de entre lo mucho recogido cuál era la fuente de mi inspiración. Me ha ocurrido esta mañana. No sé donde me he topado con unas declaraciones en las que una persona allegada al judo -¿o era una participante en esa especialidad?- comentaba sorprendida que había visto al equipo español bajo una presión tremenda provocada seguramente por los malos resultados iniciales, hasta el punto de llegar a observar a más de una judoca a comportarse de forma extraña. Independientemente de la fiabilidad de mi memoria, lo relatado tiene visos de realidad y me sirve de perfecta base de partida para teorizar sobre uno de los aspectos fundamentales con los que debe convivir los deportistas cuando se enfrentan a una gran competición a la que acuden con todos sus sueños y esperanzas, bajo a la atenta mirada de muchísima gente . Lo primero que habría que decir que a pesar de su mala fama y convertirse muchas veces en chivo expiatorio y lugar para explicar una decepción.

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