Por qué el grueso de la UE no apoya la solución energética que quiere España

Algunos países creen que la medida fragmentaría el mercado

El canciller alemán Olaf Scholtz esta semana en Berlín. PHILIP SINGER

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León

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La subida del precio de la electricidad ha reactivado el debate sobre la reforma del mercado energético europeo. La discusión lleva meses encallada en Bruselas, con dos posiciones claramente enfrentadas entre los que abogan por desvincular los precios del gas de los de la electricidad —entre ellos España, Francia, Italia y Portugal— y los que rechazan esta idea —con Alemania, Dinamarca, Holanda y los países bálticos a la cabeza— por considerar que el problema se acabará diluyendo por una autorregulación del mercado. La crisis en Ucrania, sin embargo, hace temer que el elevado coste de la energía será más persistente de lo esperado.

Las reglas actuales vinculan el precio de la electricidad al del gas, lo que en circunstancias normales sirve para aumentar el margen de beneficios de las renovables, de producción más barata y ayudar a impulsar la transición ecológica. Desde el pasado verano, sin embargo, se han producido graves disrupciones en el mercado energético y el precio del gas se ha multiplicado por diez, lo que ha disparado la factura de la luz. Esta situación penaliza especialmente a los países que generan mucha energía renovable pero aún dependen del gas, como España.

En el mercado nacional, el precio llegó a los 700 euros el megavatio hora (MWh) a principios de marzo, a pesar de que España no depende del gas ruso. Como freno a esta situación, el presidente Pedro Sánchez ha pedido retirar temporalmente el gas del ‘pool’ eléctrico y fijar un precio máximo de 180 euros MWh a nivel europeo. Hasta el momento no ha encontrado consenso entre sus socios europeos, pero acudirá la semana que viene a la reunión del Consejo Europeo con la firme determinación de lograrlo, en un debate que podría alargarse hasta altas horas de la madrugada. Las principales reticencias las encontrará en Alemania, que depende en un 60% del gas ruso y se niega a cambiar unas reglas que le garantizan ese suministro. Según datos del operador ruso Gazprom, desde el gasoducto Nord Stream 1 llega al país una energía equivalente a 70 millones kW/h. Esa alta dependencia de Moscú provoca que desligar el precio de este tipo de energía de la electricidad no le suponga a Berlín una gran diferencia de coste. Cualquier modificación en ese sentido alteraría, además, el comercio de energía entre países con buenas interconexiones como la propia Alemania, Dinamarca y Holanda. El precedente Nord Stream Con todo, y a pesar de que supondría un duro golpe para su economía, en Berlín y el resto de capitales europeas van ganando fuerza las voces que llaman al boicot total al gas de Moscú. Y a medida que la presión para cortar los ingresos de Putin aumenta —Rusia ingresa 800 millones de euros diarios de su suministro energético a Europa—, se pone en marcha la maquinaria que finalmente podría hacer ceder a Alemania.

Una decisión muy importante en ese sentido fue la paralización del proyecto del gasoducto Nord Stream 2 en los primeros compases de la guerra en Ucrania. El Gobierno alemán tomó la decisión al margen de las sanciones europeas y supuso un auténtico golpe en la mesa del primer ministro Olaf Scholz. El gasoducto, cuyas obras se completaron en septiembre del año pasado, podría haber suministrado suficiente gas natural para 26 millones de hogares en Europa y otorgaría al Kremlin más poder sobre el suministro europeo de energía.

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