La reconversión de la minería, la gestión de una de las etapas doradas de los fondos europeos, los procesos de fusión de las cajas de ahorro y las luchas intestinas en el partido marcaron esta etapa. Su legado ha quedado opacado por el insistente juicio a su personalidad. Por poner un ejemplo, el exitoso polígono de Villadangos, una idea que el exalcalde Teodoro Martínez le presentó en la boda de un amigo común, le debe su arranque a esta mujer controvertida.
En la consejería fueron ocho años de gloria, siete en paralelo con la etapa de José María Aznar como presidente del Gobierno de España. Juan Vicente Herrera se deshizo de ella en 2003. No casaban. A la sombra de la ‘superconsejera’, lo fue de Economía y Hacienda, se gestó la carrera política de Antonio Silván y de Carlos Fernández Carriedo.
Isabel Carrasco volvió a la casilla de salida en León como candidata del PP a las Cortes de Castilla y León y catapultada al Senado por designación de la asamblea autonómica. La típica patada hacia arriba que la presidenta aprovechó para coger fuelle en su tierra, sin mirar al pasado. Atrás, decía ella, no se mira ni para coger impulso.
«Espérate a marzo», le dijeron desde Madrid cuando quedó fuera de juego en el Gobierno de Herrera. Pero las urnas salieron mal para el PP y en diciembre de 2004, en plena era Zapatero en el Gobierno, se convierte en la presidenta del PP de León. Agradeció todas las felicitaciones, aunque confesó que le hizo especial ilusión que le llamara su hija para ver cómo habían ido las cosas. Asumió como tarea principal meter en cintura a un partido con demasiados ‘lidereses’, la palabra que le gustaba usar para referirse a los mandos comarcales. Fue elegida por el 81% de los compromisarios. Sobre el papel no tenía oposición. Nadie se atrevía.
Isabel Carrasco fue la primera mujer en todos los cargos por los que pasó. Primera delegada de la Junta, primera consejera de Economía y Hacienda, primera en presidir el PP y primera presidenta de la Diputación. Era una más en un mundo de hombres. Era extraño que una mujer tuviera tanto poder pero que lo ejerciera de manera a veces desmedida, tal vez temerosa de que si dejaba la más mínima oportunidad se la merendarían, escandalizaba.
«Inteligente, trabajadora…», son los adjetivos con los que es recordada la política leonesa más polémica de la historia. Y «con muy mala leche», se añade soto voce aunque cualquiera que lance esta afirmación está citando, seguramente sin saberlo, a la propia Carrasco.
«—Dicen de usted que tiene mano dura», le preguntó Pérez Chencho en Diario de León en noviembre de 1987.
«—Mano dura, no. Más bien muy mala leche», respondió Carrasco.
Veinte años después se desmentiría a sí misma en una entrevista con otra periodista de esta casa: «No niega que tiene «mucho carácter, no mala leche»», escribió Asun G. Puente, redactora destacada en la Diputación durante años. «Me gusta decir las cosas sinceramente, ya sé que eso no es muy corriente», añadió en la entonces aspirante a presidenta de la Diputación de León.
Isabel Carrasco, la superpoderosa, acumuló hasta 14 cargos de relevancia siendo presidenta de la Diputación provincial. Muchos derivados de su condición de presidenta de la institución, como el ILC, Gersul, Consorcio del Aeropuerto…, y a mayores era consejera de Caja España. El acopio de poder fue otra de las armas que se usaron en su contra a voz en grito. El tema se hizo popular en la ola contestataria del 15-M. Una pintada en las casas abandonadas de la calle Alfonso el Justiciero, derribadas ahora por la ronda interior, rezaba: ¡Carrasco, 14 sueldos! Nunca se habló de los puestos que acumularon o cobraron sus antecesores.
Ser una mujer fuerte era para ella su cualidad más valiosa, como confesó en 2007 a las puertas de ser elegida presidenta a quien esto escribe. Las reformas que acometió en la institución provincial, al sacar del Palacio de los Guzmanes servicios que habían estado allí «toda la vida», la forma de manejar y tratar al personal y las obras de reforma le granjearon la fama de entrar cual elefante en cacharrería en una institución centenaria y resistente al cambio. Incluso el saneamiento económico. Todo lo que tocaba era polémico.
Caer en desgracia con Isabel Carrasco era como una condena a galeras. Funcionarios de carrera fueron desplazados por personal de confianza, algo que granjeó no pocas demandas laborales en la institución en esta época. Personal de confianza abandonaba o buscaba refugio en otros puestos. En este terreno entra en juego Triana Martínez, una ingeniera de telecomunicaciones que había sido fichada durante el despliegue de la televisión digital en la provincia durante la etapa de Javier García Prieto como presidente de la institución provincial.
Triana no fue elegida como la candidata idónea en el concurso oposición e Isabel Carrasco firmó sin saberlo su sentencia de muerte. El ingeniero de Burgos que ganó la plaza nunca tomó posesión del puesto. Unos hechos que pasaron desapercibidos dentro de la dinámica de la institución alimentaron la venganza de Montserrat Fernández y de su hija Triana: «La maté, sí; y lo volvería a hacer, no me arrepiento», repitió en la vista oral de la Audiencia de León en enero de 2016.
Veinte veces o más podrían haber matado a Isabel Carrasco si todas las personas que se sintieron agraviadas por su poder hubieran tomado la misma determinación. Otro tanto les podría haber pasado a muchos políticos que, sin tener la fama de Carrasco, como todos, dejaron cadáveres políticos en su carrera.
«Quedó demostrado que los motivos eran absurdos», señala la abogada de Loreto Rodríguez Carrasco con la perspectiva de los diez años que han transcurrido desde el asesinato. Beatriz Llamas sigue convencida de que la «soberbia Triana» fue la inductora del crimen que ejecutó su madre, Montserrat Fernández, con un revólver Taurus del 32 que aseguró haber comprado en los bajos fondos de Gijón a un yonki que ya había fallecido.El juicio puso al descubierto todas las miserias políticas de Isabel Carrasco hasta el punto de que llegó a olvidarse, durante la primera semana, que ella, allí, era la víctima.
Se cumplen diez años, un aniversario que a la ciudadanía le pilla por sorpresa, y no sin morbo, porque la figura de Isabel Carrasco se ha hecho transparente, casi invisible. La era del carrasquismo se clausuró con la Operación Púnica cuyas últimas consecuencias se han notado en la caída de personajes públicos como Marcos Martínez Barazón o Pedro Vicente, que, ya repudiados por el PP, han tenido que dejar las respectivas alcaldías ante la primera sentencia condenatoria.
Al margen de que las únicas culpables son las tres condenadas, el crimen que acabó con la vida de Isabel Carrasco cambió la vida de muchas personas y allanó el camino político a muchos que ya no se veían, ni en pintura, en la escena pública.