Estados Unidos contempla con asombro la amenaza de veto francés y el eje pacifista París-Berlín-Moscú

Bush amenaza a París con sanciones si veta su ultimátum a Sadam Huseín

Un veto de Francia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra la resolución que abriría la vía a la guerra en Irak tendría «consecuen

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Domingos Sampedro Corresponsal de BRUSELAS.
León

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Estados Unidos quiere someter mañana a votación en el Consejo de Seguridad un proyecto de resolución presentado por Washington, Londres y Madrid que fija el 17 de marzo como fecha tope para el desarme completo de Irak. Por si la votación no sale como Bush desea, Powell advirtió ayer: «Creo que sería desafortunado que Francia decidiera imponer su veto en contra de esta resolución (...) Creo (en este caso) que Francia no sería valorada favorablemente en numerosas partes del mundo». Francia no será el único afectado. Si el canciller Gerhard Schröder quiere mejorar los lazos con Estados Unidos «lo que debería hacer es renunciar». Así de tajante se mostró el asesor del Pentágono, Richard Perle, en una entrevista concedida al diario germano Handelsblatt, que ilustra perfectamente que las relaciones entre ambos países más que frías, son gélidas. Los continuos desplantes dados a EE. UU. en la crisis de Irak y ese noviazgo pacifista que Alemania mantiene con Francia y Rusia empieza a costar muy caro en Berlín, desde luego mucho más caro de que lo llegó a prever el Gobierno roji-verde cuando hace medio año convirtió el sentimiento antiamericano en una bandera para ganar de nuevo las elecciones. Pero Washington no se va a quedar, ni mucho menos, de brazos cruzados observando como se malogra el país que al que convirtió a su alumno modelo de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. La Administración norteamericana ya ha comenzado a cobrarse la «traición alemana» al anunciar que baraja cerrar todas sus bases militares y retirar sus tropas de tierras germanas para volver a desplegarlas más hacia el Este, en países como Rumania y Bulgaria, que pronto serán miembros de la Otan. Semejantes advertencia hace correr ríos de tinta en Alemania. Pero Los Verdesparecen decididos a aguantar la presión desde el poder. Incluso el socialdemócrata Schröder deja claro que no tiene previsto dimitir. Hace unas semanas, un periodista le preguntó en una rueda de prensa si tenía previsto ofrecer disculpas a George Bush, a lo que el astuto canciller respondió: «No entiendo la pregunta». En cualquier caso, el cambio de rumbo dado por Berlín en la escena internacional parece más premeditado que casual. El semanario Der Spiegel llegó a decir que esta estrategia responde a la ambición de Alemania de romper con una «sumisión vergonzosa» y ser más independiente de Washington. Razones no faltan, pues este país no sólo es la tercera economía mundial, sino que es el segundo contribuyente en tropas a las misiones de paz de la ONU. Sin embargo, Estados Unidos dispone de un arma casi invisible, pero más mortífera, para provocar una sacudida en Alemania: el dólar. Tras la tensa cumbre del G-7 del pasado 28 de febrero, la moneda norteamericana no dejó de depreciarse frente al euro, proceso que incluso parece alentar la Casa Blanca para mayor escarnio de la industria alemana, que ve con resignación como se limita su capacidad de exportación. Porque una está clara, si algo puede llevar la ruina a la tierras del Rin es tener un euro demasiado fuerte. Mientras, la ONU ha evacuado su personal civil y lo ha trasladado a las fronteras iraquíes con Turquía y Kuwait. En Turquía se prepara el dispositivo para socorrer a la avalancha de refugiados.

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