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León

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El subrayado del terrorismo islámico son los kamikaces. Esa gente que muere matando es muy difícil de entender para la mentalidad occidental que no pasa de un generalizado do ut des, de esa proporcionalidad con la que Aznar justifica su apoyo a Bush: tenemos que ayudar a los que nos ayudan, tenemos que dar para poder recibir. Los muyaidines suicidas no respetan ni siquiera la ley del ojo por ojo y diente por diente, que supuso en sí misma un gran avance de la civilización, porque antes al que se metía contigo estabas legitimado para arrasarle. Ahí hemos vuelto con este terrorismo indiscriminado y sin ni siquiera la proporcionalidad bárbara, pero al fin de cuentas proporcionalidad, del ojo por ojo. Una de las consecuencias de ese modo de acción violenta será la banalización del terror, la pérdida del miedo a que no quede nada de nosotros tras un atentado. Es imposible prever si hoy toca Casablanca, Bali, Manila, Nueva York o Torrevieja. Es imposible dejar de visitar o de vivir en los lugares que tengan más posibilidad de atentados si el terrorista es un suicida. No hay escala humana de prevención y por eso desaparece también el miedo, se hace tan cotidiano que inunda nuestra existencia y deja de existir como una situación excepcional. Lo raro va a ser no tener miedo. El día que uno amanezca sin miedo deberá apurar el tiempo como si le hubieran regalado un magnífico tesoro. No pasaba otra cosa cuando la guerra fría: los dos mundos se miraban fijamente y cualquier circunstancia, o incluso un malentendido, podía llevar a la crisis mundial. Todavía este terrorismo no tiene la profundidad que tuvo la guerra fría, al menos para los países europeos occidentales, porque hay que ver lo que sucede con frecuencia en Moscú o Chechenia. O cómo las gastaba Sadam con los opositores del régimen. Todavía no hemos llegado a sentir ese miedo cósmico y permanente, adosado a nuestras vidas como una segunda piel, aunque vamos camino de una violencia incontrolada si se generalizan los terroristas suicidas como se generalizó el miedo con la carrera suicida de incrementar el armamento entre la superpotencias hasta poder eliminar varias veces a toda la humanidad. Aquella gente pasaba por ser más culta y civilizada que estos muyaidines que todavía sólo nos inquietan, pero metían mucho más miedo en el cuerpo de cualquier habitante de este desdichado planeta Tierra.

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