Despedida al «héroe» Reagan

EE.UU. prepara un funeral de Estado similar al de Kennedy para enterrar al ex presidente Ronald Reagan, el líder que encabezó la revolución conservadora y dio apoyo a Bin Laden

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Enrique Clemente - redacción | madrid
León

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Para bien y para mal, Ronald Reagan fue uno de los presidentes de EE.?UU. más trascendentales del siglo XX, quizá el segundo tras Franklin D. Roosevelt. Después de sus dos mandatos (1980-89) ni su país ni el mundo volverían a ser los de antes. Tenía tres obsesiones: liberar al mundo del comunismo, devolver la confianza perdida a su país e implantar lo más parecido al capitalismo salvaje. Las tres las cumplió. Vilipendiado y ridiculizado por la izquierda en los ochenta como un cowboy ultraderechista, el cuadragésimo presidente norteamericano quedará en la historia como el líder que encabezó una revolución conservadora política, económica y social de gran calado y contribuyó a la caída del comunismo. Inculto y simple, sí, pero capaz de anteponer el pragmatismo a su ideología y de explicar como nadie sus cuatro conceptos básicos. Los tiempos han cambiado y en la hora de su muerte parece haberse olvidado su lado más oscuro, oculto bajo su arrolladora máscara de gran comunicador que sabía hablar más al corazón que a la cabeza de los americanos. EE.?UU. le prepara un funeral de Estado similar al de Kennedy, al que irá Gorbachov, el demócrata Kerry suspende su campaña una semana y la Thatcher le llama «héroe americano». Será la primera vez que un extranjero dirige un mensaje de alabanzas en el funeral de un ex presidente estadounidense. Margaret Thatcher asistirá al funeral donde se leerá un mensaje que grabó para la ocasión años antes de la muerte de Reagan por expreso deseo de su gran amigo y aliado político. Su revolución económica se basó en la máxima «el Gobierno es el problema y no la solución», en una confianza ciega en el libre mercado y el carácter emprendedor de sus compatriotas. Los resultados macroeconómicos fueron excelentes: la inflación bajó diez puntos y se crearon 15 millones de puestos de trabajo en ocho años, mientras al economía crecía al 3%. La clase media progresó mientras las clases desfavorecidas sufrían el brutal impacto de sus drásticos recortes de programas sociales y las desigualdades aumentaban. Además, al final de su presdiencia, el déficit se había disparado a 175.000 millones de dólares. A Reagan se le ha celebrado como el vencedor de la guerra fría. Supo embarcar a los soviéticos en una loca carrera de armamentos, con su faraónica «guerra de las galaxias» como estandarte, que no pudieron soportar. Además, la llegada al poder de Gorbachov, que intentó el imposible sueño de reformar democrá-ticamente el comunismo, le favoreció. Su pragmatismo volvió a prevalecer sobre su anticomunismo visceral y firmó con el líder de la perestroika un importante desarme. Pero Reagan fue también el presidente que apoyó decididamente a los fundamentalistas islámicos en su lucha para expulsar a los soviéticos de Afganistán. El legado de esa ayuda financiera, militar y política han sido Bin Laden y sus terroristas, que causaron el mayor atentado de la historia el 11-S. El mismo que dirigía el Gobierno que vendió armas al Irán de Jomeini para financiar a la contra nicaragüense, lo que se denominó el «escándalo del Irangate». El legado de Reagan está muy vivo, empezando por la presencia en la Casa Blanca de su heredero espiritual, George W. Bush, mucho menos hábil y peor comunicador. Ya nadie cuestiona que los impuestos se deben deben reducir (él los bajó el 25%) sino cuánto, ni que debe reducirse el tamaño del Estado. Ya nadie apoya el comunismo. Pero el desafío son ahora aquellos «luchadores por la libertad» que respaldó en Afganistán.

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